La Copa Dorada
La Copa Dorada —La que usted quiera. Esa parte que, hace unos momentos, se mostraba tan deseoso de asumir. Usted ha insistido en conocer el hecho en cuestión.
El PrÃncipe la miró con consciente desconcierto y ella pudo advertir que la cara del joven habÃa cambiado de color; pero, a pesar de todo, no perdió la compostura:
—Cuando ha insistido, ignoraba de qué hecho se trataba. —¿No creÃa que pudiera ser tan grave?
—¿Lo considera grave?
Sonriendo, la señora Assingham repuso:
—Solamente lo estimo asà por lo que parece haberle afectado.
El PrÃncipe dudó, aún con rastros del reavivado color en la cara, esforzándose por conservar el aplomo:
—Pero usted ha reconocido que estaba preocupada.
—Debido únicamente a que yo no le he pedido a la señora Stant que viniera, de la misma manera que, según creo, tampoco se lo ha pedido Maggie.
El PrÃncipe meditó. Luego, como si se alegrase de poder decir algo totalmente natural y cierto, dijo:
—Es verdad. Maggie no le ha pedido que venga.
Después de unos instantes de silencio, el joven añadió:
—Pero tengo la seguridad de que Maggie se alegrará de ver a la señorita Stant.