La Copa Dorada

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Con un matiz diferente en el tono grave de su voz, la señora Assingham observó:

—Sí, estoy segura de ello.

—Será una gran alegría para Maggie. ¿La señorita Stant ha ido ahora a verla?

—Ha vuelto al hotel para traer sus cosas aquí. No puedo permitir que viva sola en un hotel.

—No. Lo comprendo.

—Si está en Londres, debe vivir aquí.

El Príncipe comprendió al instante lo que estas palabras comportaban:

—¿La está esperando ahora?

—Estará aquí de un momento a otro. Si espera un poco, la verá.

—¡Me parece maravilloso! —exclamó el Príncipe.

Pero estas últimas palabras sonaron un poco como si sustituyeran a otras, y la sustitución hubiera sido muy rápida. Tuvieron cierto tono accidental, pero parecía que el Príncipe hubiera querido que tuvieran tono de firmeza. En consecuencia, firmeza fue lo que él demostró en sus siguientes palabras:

—Si no fuera por el ajetreo propio de estos días, Maggie la habría invitado a su casa.

Lúcido, el Príncipe prosiguió:


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