La Copa Dorada
La Copa Dorada Era cierto que el Príncipe no la había interpelado en tono de reto. Maggie creía ahora que su esposo había tenido la impresión de que algo insólitamente preparado y marcado había en su actitud y atuendo durante los instantes en que avanzó sonriendo hacia ella, y de esta manera, sin la más leve vacilación, la tomó en sus brazos. Las dudas sólo existieron al principio; ahora Maggie se daba cuenta de que el Príncipe las había superado sin su ayuda. No, ella no le había ayudado. Y así era: por una parte, Maggie no podía determinar a qué se debían aquellas dudas; por otra —principalmente teniendo en cuenta que el Príncipe no se lo había preguntado—, tampoco podía explicar las razones por las que estaba agitada. Esto lo había sabido perfectamente y en todo momento; lo había sabido con renovada intensidad en presencia del Príncipe, y si éste le hubiera formulado una pregunta, con ello habría oprimido en Maggie el resorte de la temeridad. Y era raro que lo más natural fuese que lo que Maggie dijera al Príncipe revistiera esa apariencia de temeridad, pero ella tenía más clara conciencia que en cualquier momento anterior de que, cualquiera que fuera la apariencia de lo que dijera, todo terminaría afectando más o menos directamente a su padre, cuya vida se desarrollaba ahora tan serenamente, de acuerdo con lo aceptado, que todo género de alteración de la conciencia de su padre, incluso en el posible sentido de animar su vivir, haría vacilar el precioso equilibrio en que vivían. Esto era lo que había en el fondo del pensamiento de Maggie; que su equilibrio lo era todo; sabía también que este equilibrio era precario, y que cualquier cosa, por leve que fuera, podía alterarlo. Era el equilibrio o, en todo caso, el temor consciente que Maggie sentía de que se alterara, lo que hizo que el corazón se le subiera a la garganta; el mismo temor se hallaba, por ambas partes, en la silenciosa mirada que Americo y ella intercambiaron. El feliz equilibrio que exigían estas consideraciones era, según confesaron ellos mismos, asunto delicado. Pero el hecho de que su marido también tuviera el hábito de la ansiedad y de la cautela general sólo sirvió, a fin de cuentas, para unirlos más. En consecuencia, habría sido muy hermoso que Maggie hubiera hablado en nombre del equilibrio y en nombre de la alegría que le producía que Americo y ella albergaran tan parecidos sentimientos al respecto, permitiendo expresar la verdad acerca del tema de su propio comportamiento, acerca del tema de la conducta un poco mezquina que, por el momento, constituía un pálido ejemplo de excentricidad.