La Copa Dorada

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Más tarde, Maggie pensó que eso había sido lo más extraño que ella podía consentir. Esencialmente había sido la causa del brusco giro que tomó su vida. Su marido había regresado, la había seguido desde la otra casa visiblemente dubitativo; sí, esto estuvo escrito en su cara durante los primeros instantes. Estuvo escrito sólo durante los primeros segundos y desapareció rápidamente tan pronto como comenzaron a hablar. Pero mientras duró estuvo escrito con grandes letras, y aunque Maggie no sabía de cierto lo que esperaba de su esposo, estimó que no había esperado que se diera el más leve matiz de embarazo. La causa de dicho embarazo —y lo denominó así para tener la seguridad de que calificaba la situación de la manera más grave posible—, la causa de aquella expresión concreta era el perceptible deseo del Príncipe de saber cómo encontraría a la Princesa. Y ¿por qué ocurrió al principio? Esta pregunta acudió después reiteradas veces a su mente. La pregunta pendía en el aire como si fuera la clave de todo. Pero, en el momento de los hechos y con la intuición de esta pregunta en la mente, Maggie tuvo la avasalladora impresión de que era un ser importante, de que debía atacar inmediatamente a su marido, y que esto entrañaba una clase de violencia muy superior a cuanto había previsto de antemano. En realidad, en aquel momento no estaba ausente de la mente de Maggie la posibilidad de que su marido se portara como un abyecto tonto, por lo menos durante unos instantes. Durante diez segundos tuvo miedo de que la situación tomara este cariz, hasta tal punto la incertidumbre en el rostro del Príncipe había pasado inmediatamente a ser incertidumbre en el ambiente. Unas pocas palabras en tono de impaciencia, pronunciadas en voz apenas un poco más alta de lo normal, un estallido como: «¿Se puede saber qué pretendes, qué pretendes?», cualquier nota de este tenor hubiera bastado para que Maggie agachara la cabeza, y era tanto más notable cuanto que jamás había pretendido engañarla, bien lo sabía Dios. Por parte de Maggie, era tan rara aquella pequeña alteración de la costumbre o aquella infracción de las presuposiciones del Príncipe, que la menor duda, antes de que pudiera disiparse el más leve asomo de la misma, ya había producido el efecto propio de una complicación. Para el Príncipe significaba una diferencia que Maggie no podía medir el que ella le hubiera recibido en casa a solas, en vez de recibirle en otra parte y con otra gente. En el fondo, a la mente de Maggie acudía una y otra vez el pensamiento de que la inexpresividad de que el Príncipe dio muestras, antes de que pudiera ver, forzosamente tenía un significado a poco que Maggie se fijara, y quizá un valor histórico que rebasaba la importancia de las expresiones momentáneas generales. Como es natural, en ese momento ella no tenía a su alcance la noción de qué era lo que el Príncipe deseaba ver. De noción a su alcance, por no hablar ya de corazón palpitante, bastaba con que el Príncipe viera, con que viera a su esposa en el salón de su propia casa a la hora en que era más pertinente que estuviese allí.


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