La Copa Dorada
La Copa Dorada «¿Por qué, por qué me he empeñado en que esta noche no cenemos juntos? Bueno, pues porque durante todo el día he estado deseando tanto estar a solas contigo que no podía resistir más, y porque no parecía que hubiera grandes razones que impidieran el que lo intentara. Esto es lo que pensé, a pesar de que al principio parezca raro, si tenemos en cuenta todas las cosas que hemos conseguido mediante nuestra maravillosa manera de tratarnos con tolerancia el uno al otro. Durante estos últimos días me has causado una impresión que no sé cómo expresar, una impresión de estar más ausente que en cualquier otra ocasión, tan ausente que no podíamos seguir adelante los dos juntos. No hay nada que objetar, me doy perfecta cuenta de cuán hermoso es así, globalmente considerado. Pero siempre llega el día en que algo se quiebra, en que la copa, llena hasta el borde, comienza a rebosar. Esto es lo que ha ocurrido con la necesidad que tengo de ti, durante todo el día la copa ha estado tan llena que no podía aguantarla. Por esto te lo cuento todo ahora, y lo hago porque eres la razón de mi vida. A fin de cuentas, no hace falta que te diga que estoy tan enamorada de ti como el primer día, con la salvedad de que hay ciertas horas —que sé cuando se acercan porque casi me atemorizan— en las que veo que lo estoy todavía más. Llegan por sí solas, y siempre llegan… A fin de cuentas, a fin de cuentas…» Palabras como éstas fueron las que no sonaron, sin embargo parecía que el sonido no emitido hubiera quedado ahogado en sus propias vibraciones. Las manifestaciones se habrían hundido por su propio peso si el Príncipe hubiera permitido que se produjeran. En pocos segundos, ya antes de que llegara tan extremada situación, él había comprendido lo que necesitaba comprender, es decir, que su esposa estaba dando testimonio de que le adoraba, de que le echaba en falta y de que le deseaba. «A fin de cuentas, a fin de cuentas», como Maggie había dicho, ella estaba en lo cierto. Y a esto era a lo que él tenía que responder desde el momento en que, tal como hemos dicho, el Príncipe vio; lo que el Príncipe tenía que considerar era la realidad más pertinente. El Príncipe la abrazó prieta y largamente, expresando de esta manera su reunión personal, siendo ésta, evidentemente, una de las maneras de hacerlo. Emitió un rumor hondo y vago y frotó su mejilla tiernamente contra el rostro de su esposa, contra el lado de la cara de Maggie contrario al que oprimía contra su pecho. Con carácter no menos evidente, ésta era una manera de conseguir lo anterior; y había muchas otras maneras, dicho en pocas palabras, a disposición de la reconquistada tranquilidad del Príncipe, maneras que dieron lugar al buen humor con el que Maggie pensó después en el infinito tacto de su esposo. Esto se debió, sin duda alguna, a que el concepto del tacto apareció claramente al cabo de un cuarto de hora en que el Príncipe habló generosamente y Maggie preguntó con afabilidad. Le contó cómo había pasado el día, le habló de la feliz idea de desviarse en el camino de regreso juntamente con Charlotte, le explicó la aventura en busca de catedrales y cómo, a fin de cuentas, resultó un asunto más complicado de lo que habían creído en un principio. De todas maneras la última conclusión de todo lo anterior fue que estaba fatigado, muy fatigado, y que quería tomar un baño y vestirse para la cena, a cuyo fin esperaba que Maggie le excusara, aunque durante el más breve tiempo posible. Luego ella recordaría algo que había ocurrido entre los dos en ese momento, recordaría que él, al llegar a la puerta, se había vuelto para mirarla un instante, antes de desaparecer, y recordaría la expresión de su cara cuando, primero dubitativamente y luego muy decidida, le preguntó si no podía subir con él para ayudarle. Quizá el Príncipe también había dudado unos momentos, pero por fin declinó la oferta, y ella conservaría en la memoria la sonrisa con que él había acompañado sus palabras manifestando la opinión de que, si subía, no cenarían hasta las diez, y de que solo se las arreglaría mejor y más deprisa. Tal como he dicho, Maggie recordó esas cosas que intervinieron en sus posteriores sensaciones, jugando como las luces juegan en una impresión general. Pero no por ello tuvo carácter borroso lo que ocurrió a continuación. Uno de los hechos que ocurrieron después, el primero precisamente, fue el tiempo, nada breve, de acuerdo con la apreciación posterior y más analítica de Maggie, que duró la segunda espera de la reaparición del Príncipe. Era cierto que si Maggie hubiera subido con él, incluso animada por la mejor voluntad, habría sido un estorbo, ya que, en realidad, casi siempre la gente se las apaña mejor para ir de prisa sola que acompañada. De todas maneras, difícilmente habría demorado más al Príncipe con su presencia de lo que él, a juicio de Maggie, se demoró. Debemos añadir, sin embargo, que ahora en el estado mental de esta personita tan dada a pensar no se daba la simple rudeza de la impaciencia. Algo había ocurrido rápidamente, gracias a la feliz visión del Príncipe y gracias a que ella dejó de temer haberle enojado por obligarle a tanto ir y venir. Para el espíritu de Maggie, la desaparición de lo temible siempre comportaba, al principio, la positiva aparición de lo dulce. Hacía tiempo que nada había sido para Maggie tan dulce como la importancia que sus presentes emociones dieron de repente a su sentido de la posesión.