La Copa Dorada

La Copa Dorada

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Capítulo XXVI

Americo volvía a estar lejos de ella. Maggie volvía a estar sola, allí sentada o bien paseando por el cuarto, ya que la presencia de Americo en la casa había sido la causa de que ella dejara de abstenerse de hacer esto último. Sin embargo, y a pesar de todo, el momento rebosaba todavía de los efectos de la cercanía de Americo; sobre todo, los efectos, extraños en una intimidad tan arraigada, de una casi renovada visión del aspecto del Príncipe. Sólo hacía cinco días que Maggie le había visto por última vez, y éste parecía seguir allí, de pie ante ella, como si acabara de llegar de un lejano país, de un largo viaje, de pasar muchos peligros y fatigas. Esta inagotable variedad de la atracción de Americo ¿qué significaba sino que por fortuna estaba casada, dicho sea con toda sencillez, con una persona absolutamente deslumbrante? Se trataba de algo viejo, muy viejo, pero la verdad resplandecía ante Maggie como la belleza de un cuadro de familia, del armonioso retrato de un antepasado que, después de largo tiempo, Maggie hubiera contemplado, casi sorprendida. La deslumbrante persona se encontraba en el piso superior y ella, en el piso inferior; además se daban otros hechos anejos a la selección y a la decisión que esta imagen creada por la propia Maggie exigía, y también anejos a la constante atención que el equilibrio familiar requería. De todas maneras, Maggie jamás se había sentido tan absorbida por su matrimonio, tan abyectamente consciente de que había alguien que era el señor de su destino. Americo podía hacer lo que quisiera con ella, como en realidad lo estaba haciendo. «Lo que quisiera», lo que realmente quisiera, aun cuando esta última concreción quizá escapase, en el esplendor de la alta armonía, al análisis y a las menciones nominales. A Maggie le bastaba con reconocer que, fuera lo que fuese lo que el Príncipe deseara, lo conseguiría con absoluta certeza. Por el momento, Maggie sabía sin lugar a dudas y con la más plena sumisión que el Príncipe podía provocar en ella, con apenas una insinuación, estremecimientos de sublime ternura. Si él había regresado fatigado, fatigado después de las actividades desarrolladas en un día tan duro, era preciso tener en cuenta que dichos esfuerzos fueron hechos en beneficio del señor Verver y su hija. Maggie se había quedado en casa de su padre, los dos juntos, en paz, con el Principino, con las complicaciones de la vida fuera de su vista, con los latosos alejados, con la amplia tranquilidad hogareña intacta, gracias a que los otros dos defendían su territorio y desafiaban los temporales. Americo jamás se quejaba y era preciso reconocer que Charlotte tampoco, pero esta noche Maggie tenía la impresión de darse cuenta de las actividades de representación social de Charlotte y Americo, como ellos las concebían; eran de una concepción que superaba todos los conceptos que Maggie pudiera tener al respecto, y tal como tan concienzudamente las llevaban a cabo comportaba vivir en constante tensión. Recordó la vieja frase de Fanny Assingham, la frase en que esta amiga dijo que Maggie y su padre no vivían, y que no sabía qué hacer ni qué se podía hacer en su beneficio. Juntamente con esta frase, a su memoria llegó, como un eco, el recuerdo de la larga conversación que había sostenido con su padre un día de septiembre bajo las copas de los árboles en Fawns, durante la cual le repitió la frase de Fanny.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker