La Copa Dorada
La Copa Dorada Aquella ocasión representó quizá para ellos dos —como ya a menudo había pensado Maggie— el primer paso de una existencia más inteligentemente ordenada. Había sido una hora con una serie de causas y efectos encadenados y perfectamente definida y notable. Eran muchas las cosas, y la primera de ellas el matrimonio de su padre, que a juicio de Maggie se habían seguido de la visita de Charlotte a Fawns, visita que había sido consecuencia de la memorable conversación. Pero lo que quizá más destacaba a la luz de estas concatenaciones era que, desde todos los puntos de vista, parecía que Charlotte hubiera sido llamada en su ayuda, puesto que los dos habían prestado oídos a quien les dijo que si el carruaje familiar se bamboleaba y se atascaba se debía a que faltaba un complemento a sus ruedas. Sí, aquel carruaje parecía tener sólo tres ruedas, por lo que necesitaba otra ¿y qué había hecho Charlotte desde el primer momento en aquella casa, sino comportarse suave y bellamente como una cuarta rueda? Inmediatamente, nada había quedado tan de manifiesto como la mayor gracia de los movimientos del vehículo. Completando su propia imagen, Maggie se daba cuenta ahora con claridad suprema de que a partir de entonces había quedado liberada de todo el peso y tensión que aquel vehículo otrora proyectara en ella. En la medida en que era una de las cuatro ruedas, lo único que tenía que hacer era mantenerse en su sitio, pues otros hacían el trabajo que a ella correspondía, por lo que no sentía peso alguno; tampoco podía decir que fuera un esfuerzo excesivo saber cuándo tenía que girar. Maggie quedó largo rato inmóvil ante el fuego; durante este tiempo pareció que examinara con intensidad la proyección de su propia imagen, y que incluso tuviera conciencia de que había tomado una forma fantásticamente absurda. Parecía que contemplara el paso del carruaje familiar y advirtiera que Americo y Charlotte lo arrastraban, en tanto que su padre y ella ni siquiera lo empujaban. En realidad, su padre y ella iban juntos dentro del carruaje meciendo al Principino, y sosteniéndolo junto a las ventanillas para que viera el paisaje y para que le vieran en el interior, como a un verdadero príncipe heredero de una familia real. El esfuerzo lo hacían íntegramente los otros dos. Esta imagen constituía para ella un reiterado reto, y una y otra vez se detuvo ante el fuego. Después de esto, al igual que la persona que de repente queda bajo una fuerte luz, Maggie se ponía de nuevo en movimiento. Por fin, se había visto a sí misma en la imagen que ahora estudiaba en trance de apearse bruscamente del carruaje. En este momento, y ante la sorpresa de dicha visión, se le dilataron los ojos, y el corazón le dio un vuelco. Contemplaba a la persona que bajaba del carruaje como si fuera otra distinta a ella y esperaba expectante lo que a continuación ocurriría. Aquella persona había tomado una decisión, lo cual se debía a que un impulso que se había estado forjando durante largo tiempo había sido sometido a una presión más recia y súbita. Pero ¿cómo se aplicaría aquella decisión?, ¿qué haría, concretamente, aquella figura de la imagen? Impulsada por estos interrogantes, miró a su alrededor desde el centro de la estancia, como si aquel lugar, exactamente aquél, fuera el terreno de lo que la preocupaba. Cuando la puerta volvió a abrirse, Maggie advirtió, abstracción hecha del suceso en sí, que se le deparaba una primera oportunidad. Su marido había reaparecido, estaba ante ella reposado, casi radiante, impartiéndole confianza. Vestido, acicalado, fragante, dispuesto sobre todo a iniciar la cena. El Príncipe sonrió a Maggie como si con ello diera por terminada la preocupación por su demora. Parecía que la primera oportunidad de ella dependiera de las apariencias de Americo, y ahora comprobaba que estas apariencias eran buenas. Durante unos instantes todavía hubo un poco de desorientación, pero se disipó más rápidamente que en la primera entrada de Americo, porque ahora ya tenía a Maggie en sus brazos.