La Copa Dorada
La Copa Dorada Después, durante horas y horas, Maggie tuvo la impresión de haber sido elevada, de estar flotando llevada por una cálida corriente en cuyas aguas se habían hundido bloques de cemento que quedaban fuera de la vista. Esto se debía, una vez más, a que Maggie tenía confianza en sí misma y, como ella creía, a que sabía lo que debía hacer. Durante todo el día siguiente, y al otro también, tuvo la impresión de saberlo. Tenía un proyecto y se gozaba en él, y había concebido el proyecto a la luz que bruscamente iluminó sus inquietas meditaciones, marcando así el punto de desenlace de aquellos desvelos. El proyecto se le ocurrió como consecuencia de un interrogante: «¿Y si resulta que los he abandonado? ¿Y si resulta que he aceptado de manera excesivamente pasiva la extraña forma de nuestro vivir?». Maggie iniciaría un proceso concebido por ella que la haría comportarse de manera diferente en su trato con Charlotte y Americo, un proceso totalmente independiente de cualquier otro que pudieran seguir aquellos dos. Bastó con que esta solución se le ocurriera, para que gracias a su sencillez quedara impresionada, encantada; era de una sencillez ventajosa, pero que en su ceguera no había percibido durante largo tiempo; entretanto, las ventajas que ofrecía habían comenzado a quedar demostradas por el éxito que con ella estaba alcanzando. Le había bastado con actuar un poco para comprobar que inmediatamente conseguía resultados. Esta conciencia de los resultados logrados ante su esposo constituyó la ola que la elevó y que la sostuvo en alto. Él había «ido a su encuentro», como se dijo a sí misma, y lo había hecho con generosidad y alegría, principalmente al regresar dispuesto para la cena; Maggie lo guardó en su pecho como la demostración de que los dos habían escapado de algo un tanto indefinido, pero que evidentemente no era tan bueno como la realidad en que se hallaban. Entonces, en aquel instante, su proyecto comenzó a dar resultados. En el momento en que Americo reapareció esplendente, Maggie se hallaba en trance de cosechar su proyecto del mismísimo corazón de su ansiedad, de arrancarlo del jardín del pensamiento, cual si se tratara de una flor plenamente abierta que pudiera ofrecerle en aquel instante. Sí, se trataba de la flor de la participación y, como tal, allí y entonces, la ofreció a Americo poniendo inmediatamente en práctica la idea, tan innecesaria y oscuramente velada, de compartir con él los goces, las experiencias y los intereses, y de compartirlos asimismo con Charlotte.