La Copa Dorada

La Copa Dorada

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Durante la cena, Maggie se interesó ávidamente por todos los detalles de la reciente aventura de su marido y su madrastra, dándole a entender, sin reserva alguna, que deseaba que se lo contara todo, y haciendo de Charlotte, en especial, objeto de interminables preguntas: sobre los juicios que Charlotte había formulado de Matcham, el aspecto externo de Charlotte, sus éxitos, los efectos notables producidos por ella, sus ropas inimitablemente lucidas, su inteligencia tan elegantemente esgrimida, su utilidad social tan brillantemente ejercida. Además Maggie, en su interrogatorio, se mostró principalmente identificada con la feliz idea de ir a visitar catedrales, alegrándose en gran manera de que se les hubiera ocurrido, y de cuyos placenteros resultados, incluso hasta del plato de buey frío y del pan con queso, del extraño mal olor y del sucio mantel de la posada, Americo la informó con buen humor. El Príncipe la miró desde el otro lado de la mesa más de una vez, como si hubiera quedado conmovido por la humildad con que eran bien recibidas estas impresiones de segunda mano, esas diversiones y esas amplias libertades que solamente eran ajenas, como si percibiera en esta bienvenida una calidad exquisita, y, al final, mientras se encontraban solos, antes de que Maggie llamara a un criado, Americo había vuelto a condonar la pequeña irregularidad, si así cabía llamarla, a que Maggie se había aventurado. Se habían levantado de la mesa al mismo tiempo para subir al piso superior; por fin, Americo había hablado de algunas personas de las que estuvieron presentes; las últimas de las que habló fueron lady Castledean y el señor Blint, y después Maggie volvió a abordar el tema del «tipo» de Gloucester. Esto provocó, en el momento en que Americo daba la vuelta a la mesa para ponerse a su lado, que le dirigiera otra de sus amables y penetrantes miradas, una de aquellas miradas encandiladas, pero al mismo tiempo en modo alguno invisiblemente intrigadas, con las que había ya expresado la impresión que le causaba la encantadora gracia de la curiosidad de Maggie. Pareció que fuera a decir, de un momento a otro: «No hace falta, querida, que finjas con tanto entusiasmo, no creo que sea necesario que muestres tanto interés». Fue como si estuviera de pie ante ella, con su fácil comprensión, con un íntimo poder de tranquilización, y con estas palabras en sus labios. La contestación de Maggie hubiera sido inmediata, diciéndole que no fingía. Maggie miraba, alzada la vista, a Americo, que le tenía la mano cogida, y en su mirada había la perseverancia, la verdadera insistencia, aneja a su proyecto. Maggie quería que su esposo comprendiera desde aquel mismo instante que ella iba a estar de nuevo con él, totalmente con ellos, juntos, como indudablemente no lo había estado desde los «extraños» cambios —sólo de esta manera cabía calificarlos— que cada uno de ellos, en beneficio de los demás, había efectuado con excesiva facilidad y presteza. Habían dado por supuesto, pero quizá en exceso, que su vida en común exigía una «forma» especial, a lo cual nada había que objetar siempre y cuando la forma se mantuviera únicamente ante el mundo exterior y no constituyera más que la linda costra de un pastel helado, o algo parecido, que nadie duda en romper con la cucharilla para poder comer el pastel. Para comenzar, Maggie se había permitido observar lo anterior, y quería que Americo comprendiera que su proyecto abarcaba también a Charlotte, de modo que si él hubiera expresado realmente aquella aceptación que Maggie pensaba que estaba a punto de manifestar —la aceptación de la valerosa idea concebida por ella— se hubiera sentido dotada de una facilidad de palabra rayana en la elocuencia.


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