La Copa Dorada
La Copa Dorada Sin embargo, mientras esperaba lo anterior, Maggie se dio cuenta de que se hallaba ante un proceso que se desarrollaba en el pensamiento de Americo más profundo de lo que la ocasión globalmente considerada exigía, un proceso de sopesar algo, de considerar, de decidir, de prescindir. Americo había adivinado que Maggie tenía una idea, y que su comportamiento era consecuencia de esta idea, pero se daba la rara circunstancia de que este conocimiento era precisamente lo que refrenaba sus palabras. Maggie lo comprendió porque él la miraba ahora todavía con más fijeza de lo que lo había hecho anteriormente, lo cual casi motivó, faltando poquísimo para que así fuera, que dudara de si Americo habría comprendido correctamente la idea que ella albergaba. Hemos empleado el término «casi», debido a que Americo tenía en las suyas las manos de Maggie, y estaba inclinado hacia ella dulcemente como si quisiera ver o comprender más, o quizá como si quisiera entregarse más; Maggie no comprendía con certeza, y esto le producía sencillamente el efecto de dejarla en poder de Americo, como ella diría. Renunció, se olvidó de su idea, se olvidó de todo, únicamente se dio cuenta de que él volvía a tomarla en sus brazos. Hasta después, Maggie no analizó lo acontecido, no se dio cuenta de que para Americo aquella actuación sustituía las palabras que no había pronunciado, y que al parecer surtía mejores efectos que cuantas palabras pronunciara, que, en todo momento, en realidad producía mejores efectos que ninguna otra cosa. Después, de una forma inevitable Maggie comprendió que aceptar el comportamiento de su esposo y su reacción equivalía a aceptar virtualmente la presunción, así expresada por él, de que nada había que aquella demostración no previera y no solucionara, y que además el resorte que había actuado en el interior de Maggie bien podía ser, más que cualquier otra cosa, el impulso que legítimamente provocaba la demostración. Fuera lo que fuese, era la tercera vez, desde su regreso, que Americo la apretaba contra su pecho; ahora, manteniéndola a su lado, salió del comedor y ambos penetraron en la antesala, la cruzaron y juntos iniciaron el lento regreso a sus habitaciones en el piso superior. Americo había estado en lo cierto en lo tocante a la oportunidad de su ternura y al grado de sensibilidad de Maggie, pero incluso mientras se daba cuenta de que esta verdad barría todas las demás, ella experimentaba una especie de terror ante la debilidad que en ella provocaba. Comprendía también que tenía el deber de actuar, y que esta actuación requería que no fuese débil, sino, al contrario, bastante fuerte. Sin embargo, durante muchas horas siguió en estado de debilidad, si es que debilidad se le podía llamar, aun cuando manteniendo firmemente la fe en la teoría de su éxito; a fin de cuentas, su agitada iniciativa había sido inconfundiblemente aceptada.