La Copa Dorada

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La conciencia exhaló el aliento en forma de suspiro débil, inaudible, que era el tributo que Maggie rendía allí de pie, antes de hablar, a unas realidades que se percibían a través de la dorada niebla que ya había comenzado a disiparse. Durante unos momentos, las circunstancias en que Maggie se hallaba habían sido vencidas, y mucho, por la dorada niebla, a pesar de que ésta se había debilitado; pero ahora aquellas circunstancias volvían a estar allí claramente definidas; durante el cuarto de hora siguiente, tuvo la impresión de poder contarlas una a una con los dedos. Sobre todas ellas destacaba claramente el renovado testimonio de muchas aceptaciones de su padre, aceptaciones que Maggie durante largo tiempo había considerado de la misma naturaleza que las suyas; pero ahora, de forma indubitable, presentaban el problema de tener que ser tratadas por separado. Por el momento las aceptaciones de su padre todavía no le parecían extraordinarias, y esto era la causa de que las amontonara junto a las suyas propias, ya que la calificación que a estas últimas había dado Maggie no había comenzado a cambiar hasta hacía muy poco. Sin embargo, Maggie se dio cuenta inmediatamente de que no podía expresar el nuevo juicio que sus aprobaciones le merecían sin suscitar de alguna manera la atención de su padre, sin provocar quizá su sorpresa e imponer con ello un cambio en la situación que con él compartía. Las imágenes concretas le recordaron en tono de advertencia lo anterior, y durante unos instantes el rostro de Charlotte, mirándola de frente, le causó la impresión de que buscara su propio rostro para hallar en él la expresión de aquel recuerdo y advertencias. No por ello Maggie había besado a su madrastra con menos presteza, y luego se había inclinado sobre su padre, por la espalda, ofreciéndole la mejilla, pequeños y amables formulismos que acompañaban el trámite fácil de relevo de guardia, dicho sea con las palabras que Charlotte empleaba a menudo, siempre alegremente, como término de comparación de aquel proceso de sustitución. En consecuencia, Maggie representaba el papel de centinela entrante, y la costumbre había suavizado de tal manera este relevo, que la compañera de armas de Maggie hubiera podido irse, en esta ocasión, después de aceptar la contraseña, sin incurrir en una conversación irrelevante y, en sentido estricto, poco militar. Sin embargo, no fue esto lo que ocurrió. De la misma manera que nuestra joven amiga se sintió elevada y flotando sobre su primer impulso de romper mediante un solo golpe el hechizo, sólo tardó un segundo en dar la nota, fuera cual fuese el riesgo, que había estado ensayando en su casa. Había ensayado aquella nota la noche anterior durante la cena ante Americo, y sabía todavía mejor la manera en que tenía que comenzar su actuación para con la señora Verver, ayudando en gran manera a Maggie el poder comenzar a hablar diciendo que el Príncipe había avivado antes su curiosidad que la había satisfecho. Franca y alegremente había acudido para preguntar, para preguntar lo que habían conseguido aquellos dos en su insólitamente prolongada campaña. Maggie reconoció que había sonsacado a su marido cuanto había podido, pero los maridos no son las personas que mejor suelen contestar preguntas de esta clase. Americo sólo había conseguido acrecentar la curiosidad de Maggie, por esto había ido a primera hora a fin de perderse lo menos posible del relato que Charlotte hiciera. Maggie dijo:


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