La Copa Dorada

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Nunca, nunca los había tratado Maggie de aquella manera, ni siquiera unos momentos antes, cuando aplicó su arte al grupo de Matcham, pues su actual comportamiento significaba una exclusión todavía más intensa; en el aire pesaba el silencio mientras Maggie hablaba con su padre, como si él fuera la única persona a quien tenía en consideración. El señor Verver había dado a Maggie la nota de una manera pasmosa al aludir a lo bien que estaba —refiriéndose al éxito de la cena—, que podía considerarse como un soborno que los inducía a renunciar, de manera que parecía que los dos hablaran al impulso del egoísmo, pensando en la ocasión de repetir la cena. Por esto, en un acto de energía sin precedentes, Maggie se arrojó en brazos de su padre y con absoluta firmeza sostuvo la mirada de los ojos del señor Verver mientras se decía a sí misma: «¿Qué quiere decir con estas palabras? Ésta es la cuestión: ¿qué pretende?», al tiempo que sonreía, hablaba e inauguraba su nuevo sistema, pero sin dejar de estudiar una vez más todos los síntomas que presentaba su padre, aquellos síntomas que la reciente ansiedad le había hecho familiares, y contando los pasmosos minutos, con referencia a los otros dos. Los otros dos, al parecer de Maggie, se agigantaban con su silencio. Luego, se dio cuenta de que no alcanzó a medir la duración de aquel silencio, pero duró y duró —tanto que hasta habría podido calificarse, en otras circunstancias, de silencio embarazoso— como si la propia Maggie estuviera tirando de él. Sin embargo, diez minutos más tarde, en el coche que los llevaría a casa, al que su marido se había dirigido sin entretenerse tan pronto les anunciaron que se hallaba en la puerta, Maggie aumentó aquella tensión hasta el punto de casi producir una ruptura. El Príncipe, dirigiéndose a la puerta, no permitió a Maggie que se quedara charlando el tiempo que solía al término de las veladas como aquélla. Ésta, atenta a todo, consideró que era un indicio de los impacientes deseos del Príncipe de modificar el extraño efecto de no haber aplaudido instantáneamente —y de no haberlo hecho tampoco Charlotte— la solución de la cuestión debatida ante ellos, o mejor dicho, resuelta ante ellos. El Príncipe había tenido tiempo de darse cuenta de la impresión que posiblemente produjo en Maggie que el hecho de que él la apremiara virtualmente a dirigirse al coche estaba relacionado con su impresión de que ahora tenía que actuar en un terreno diferente y nuevo. Si Maggie hubiera adoptado una actitud un poco ambigua ante el Príncipe, esto le habría atormentado, pero el Príncipe ya había hallado algo que suavizar y corregir, algo que Maggie astutamente intuía. En realidad, estaba preparada para ello, y cuando se sentó en el coche, quedó pasmada de lo muy preparada que estaba.


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