La Copa Dorada
La Copa Dorada —ParecÃa que nos hubiéramos estado echando en falta la una a la otra, que nos hubiéramos distanciado un poco, a pesar de llevar vidas tan paralelas.
Después de una breve pausa, se apresuró a añadir:
—Pero los buenos momentos siempre llegan por sà mismos, lo único que hay que hacer es esperarlos. Bueno, esto has podido verlo por ti mismo gracias a la manera en que has tratado siempre a mi padre; has podido sentirlo por ti mismo, a tu manera bella, hermosa; has podido percibir todos los matices, toda la brisa cambiante, sin que haya sido necesario decirte nada, ni impelerte a nada; lo has percibido gracias a tu ternura, gracias a tus buenos sentimientos. Desde luego, en todo momento te has dado cuenta de que los dos, él y yo, valorábamos en todo lo que vale cuanto tú hacÃas, cuanto hacÃas para que no se sintiera demasiado solo, en tanto que yo, por mi parte, tampoco me he olvidado de él.
Después de unos instantes, Maggie prosiguió:
—Esto es algo que jamás podré agradecerte en la debida medida. De entre todo lo que has hecho en beneficio mÃo, esto es lo mejor.
Maggie prosiguió relatando como si lo hiciera por simple placer de relatar las formas que la liberalidad del PrÃncipe habÃa adoptado, incluso a sabiendas de que el PrÃncipe lo sabÃa forzosamente, lo cual formaba parte también de su fácil percepción: