La Copa Dorada

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—Poquísimos. Y con los gastos que supone viajar y alojarse en un hotel, no es precisamente una razón para que vaya de un lado a otro.

—Desde luego. Pero también es cierto que su país no le gusta.

—¿Su país, querido Príncipe? ¿Suyo, dice?

La atribución pareció divertir a la señora Assingham, quien prosiguió:

—Es muy poco suyo. Ahora lo ha rechazado, pero nunca ha tenido mucho más que ver con él.

Cortésmente, el Príncipe explicó:

—He dicho suyo de la misma forma en que, a estas alturas, podría decir mío. Le aseguro que tengo la sensación de que, más o menos, aquellas inmensas tierras me pertenecen.

—Esto se debe a su buena fortuna y a su punto de vista. Es propietario —o pronto lo será— de buena parte de ellas. Charlotte, según me ha dicho, no tiene casi nada en el mundo, salvo dos colosales baúles de los que sólo le he permitido traer uno a esta casa.

Después de una pausa, la señora Assingham añadió:

—Ante la presencia de Charlotte, sus propiedades, Príncipe, quedarán un tanto depreciadas.

El Príncipe pensó en estas cosas, pensó en todo. Pero siempre tenía al alcance de la mano el recurso de quitar importancia a todo:


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