La Copa Dorada
La Copa Dorada —Comprendo.
En realidad, lo que de repente había comprendido era que su madrastra posiblemente daría a entender que ella, Maggie, estaba ante todo preocupada por la propuesta, y esto le trajo a la memoria la necesidad de evitar que su padre creyera que estaba preocupada por algo, por poco que fuera. Al instante se apeaba del coche con una leve sensación de derrota. Su marido, con el fin de ayudarla a bajar, se había apeado antes, pero ahora, después de haberse adelantado un poco, la esperaba en el borde de la baja terraza, subido a un peldaño que se hallaba ante la puerta abierta; a uno y otro lado aguardaban sendos domésticos. Maggie tuvo la súbita sensación de llevar una vida tremendamente ordenada e invariable, y algo había en el rostro de Americo, mientras su mirada volvía a encontrarse con la de Maggie a la mortecina luz de la lámpara, que era como un consciente recordatorio de aquella clase de vida. Hacía pocos instantes que Americo había contestado claramente a Maggie y, al parecer, nada más podía decir. Era casi igual que si hubiera proyectado ser él quien dijera la última palabra y Maggie le contemplara gozando por haberla dicho. De la forma más extraña que quepa imaginar, era casi lo mismo que si su esposo le hubiera devuelto la pelota, por haber producido Maggie una nueva inquietud, un nuevo dolor, por la manera en que se había alejado de él durante el viaje en coche.