La Copa Dorada
La Copa Dorada La actitud que estos deseos provocaban en Maggie consistía en sacar provecho de las actuales agitaciones y preocupaciones de su víctima. En realidad, estimaba que este personaje está dispuesto a cualquier cosa, quizá sin hacer efusivas protestas de lealtad, aunque sí buscando, con una inquietud peculiarmente suya, saber qué era lo que Maggie quería. A la larga —aunque no fue tan a la larga como eso—, no hubo dificultad alguna en hacérselo saber. Fue como si, de una manera clara, Maggie hubiera dado a entender a la señora Assingham que la consideraba culpable de algo, que le atribuía una responsabilidad, aun cuando, al principio, Maggie no puso los puntos sobre las íes, ni ató todos los cabos, sino que la trató sin insistencia, antes bien con suave confianza, como si la señora Assingham estuviera allí para ver, para saber, para aconsejar, para ayudar. Evidentemente, ante Maggie se había formado, por sí misma, la teoría de que nuestra buena mujer había intervenido, desde el principio, en el destino de ellos cuatro, de tal modo que no había giro alguno en sus recíprocas relaciones y negocios cuyo origen no pudiera hallarse, en cierta medida, en el afectuoso y propio interés de la señora Assingham por ellos. Sobre la base de este afectuoso interés de la buena señora, nuestra joven amiga levantaba ahora un edificio sin dejar de observar a Fanny, de manera muy parecida a aquella en que un niño listo, e incluso travieso, jugando sentado en el suelo, amontona piezas de madera, hábil y pasmosamente, sin dejar de observar la cara de una persona mayor que le vigila disimuladamente. Cuando las piezas de madera cayeran, se comportarían como es propio de la naturaleza de las piezas de madera; sin embargo, llegaría antes el momento en que se alzarían hasta un punto tan elevado que la estructura forzosamente tendría que llamar la atención y ser admirada. Entretanto, en el comportamiento de entrega sin reservas adoptado por la señora Assingham no se advertían indicios de análisis que separara y revelara aspectos concretos. El gesto de ansiosa atención de su rostro iba totalmente dirigido a la vívida felicidad de su joven amiga, y revelaba que la señora Assingham daba por supuesto que recientemente y por vagas causas dicha felicidad había aumentado. La Princesa ahora avanzaba, avanzaba y avanzaba más que antes; la señora Assingham estaba plenamente dispuesta a manifestar que se daba plena cuenta de los avances de la Princesa, que siempre había sabido que tarde o temprano avanzaría y toda invitación a participar en tal avance forzosamente tenía que contener, en mayor o menor medida, una nota de triunfo. Sin duda alguna había cierta inexpresividad en la sumisión de la señora Assingham, y también cierta prodigalidad en su general alegría, siendo ésta más notable cuando las dos volvían a reunirse después de breves separaciones; en estas reuniones, durante los primeros momentos de efusión, Maggie a veces recordaba otras expresiones en otras caras, sobre todo dos imborrables expresiones: la de la luz que había alterado la cara de su marido al tener la fuerte impresión —por fin Maggie había llegado a emplear el término «fuerte impresión» al hablar de ello— de verla, cual ella estaba, al regresar el Príncipe de Matcham y de Gloucester, y la expresión intrigada en la bella, inquieta y audaz mirada de Charlotte cuando, a la mañana siguiente en Eaton Square, esta vieja amiga había dado la espalda a la ventana para comenzar a entendérselas con ella.