La Copa Dorada
La Copa Dorada Durante varias semanas Maggie no había vuelto a tener ante sí y de manera tan eficaz la presencia de Fanny Assingham como aquella tarde en que esta dama regresó de su estancia en Matcham durante las fiestas de Pentecostés, pero el paréntesis quedó cerrado tan pronto el día de la migración a Fawns —el más o menos simultáneo traslado de ambos hogares allá— comenzó a ser objeto de conversación. Maggie se dio cuenta inmediatamente de que la renovación de las antiguas condiciones de que había hablado con su padre, con una vieja amiga, representaba para su espíritu la única manifestación que no la ponía excesivamente en evidencia ni la traicionaba. Ni siquiera su padre, quien siempre había «creído», como él decía, en su antigua aliada, llegaría forzosamente a sospechar que Maggie invocaba la ayuda de Fanny en vista a determinadas pesquisas, y menos aún sería así en el caso de que Fanny se comportara como fácilmente era capaz de comportarse. El concepto que tenía de la capacidad de Fanny podría alterarla si le fuera revelado de repente, y debemos decir que la señora Assingham estaba destinada a alterarse en breve, a raíz de una revelación de esta naturaleza, a pesar de ser relativamente lejana. Concretamente, la idea de nuestra joven amiga consistía en que su seguridad, su salvación de que de ella sospechara que sospechaba se encontraría en la capacidad que su amiga tenía para encubrir, para proteger y, dado el caso, incluso para representarla ostentosamente, es decir, para representar la relación que tenía con aquella forma de vida que todos llevaban ahora. Sin duda alguna, esto sería mucho decir, como reza la frase popular, pero la señora Assingham existía básicamente o cabía la posibilidad de hacer lo preciso para que primordialmente existiera para el particular beneficio de Maggie, y esto era una de las más hermosas flores que había obtenido de entre las sugerencias sembradas en ocasión del agasajo ofrecido en Portland Place al grupo de invitados a Matcham. En aquella velada la señora Assingham, reaccionando contra el hundimiento de su espíritu, había rebosado valentía y comprensión, y de una forma absoluta, quizá temeraria en cuanto a ella concernía, había revelado sus profundas y tenebrosas preocupaciones, impresión que ahora, por ser demasiado tarde, la señora Assingham ya no podía borrar. Con maravilloso aire de reconocer todas estas verdades, ahora la Princesa volvió a abordar a la señora Assingham, aunque dando muestras al principio de tener los debidos escrúpulos de decir a Fanny qué era concretamente lo que de ella esperaba, pero sin avergonzarse en modo alguno, como de expresa manera declaró, de la perceptible intuición que Fanny tuvo de los extraños servicios que quizá Maggie le pidiera. Realmente, desde el principio Maggie dijo a Fanny palabras extraordinarias: «Usted puede ayudarme, querida; nadie más puede hacerlo». «Le doy mi palabra de que casi deseo que le ocurra algo malo, que pierda la salud, que pierda su fortuna o que pierda su reputación (y perdóneme por ello, querida), a fin de poder estar en su compañía todo lo que deseo que usted lo esté en la mía, sin provocar comentarios como no sea el de que esa clase de bondades son muy propias de mí». Todos nosotros tenemos nuestra propia manera de compensar nuestra falta de egoísmo, y Maggie carecía de todo género de egoísmo en lo que hacía referencia a su marido y a su padre, sólo un egoísmo débil y vacilante en lo que tocara a su madrastra. En esta concreta crisis era perfectamente capaz de contemplar sin pestañear cómo la vida personal y la libertad de la señora Assingham eran sacrificadas.