La Copa Dorada

La Copa Dorada

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Si Maggie hubiera osado pensar de tan ruda manera, hubiera dicho que Fanny le tenía miedo; Fanny temía que dijera o hiciera algo, tal como durante breves segundos había temido Americo y Charlotte, lo cual venía a ser un elemento expresivo común a los tres. Sin embargo, la diferencia consistía en que esta expresión, en el caso de la buena señora, tenía la rareza de renovarse constantemente, en tanto que en los otros dos no se había repetido ni una sola vez. Otras expresiones habían aparecido como luces radiantes y fijas en los otros dos, expresiones que alcanzaron un punto culminante hacía muy poco tiempo; aquella mañana en que la pareja apareció en el balcón de la casa para averiguar desde lo alto lo que su padre y ella habían estado haciendo, momento en que la general e interesante belleza y brillantez de la pareja armonizaba con el inicio del verano, había parecido irradiar calor, bienvenida y la promesa de protección. De consuno habían decidido no hacer nada que pudiera alarmar a Maggie; y ahora, dotados de experiencia y práctica, lo hacían de una manera tal que ya no temían que su comportamiento los traicionara. Contrariamente, la señora Assingham, no menos indiferente a lo ocurrido, tenía menos seguridad por tener menos dominio de sí misma. En consecuencia, la estridencia de la alegría de dicha señora, los intentos de sondeo en el pretendidamente agradable ambiente que precedía a su indagación, como la patrulla de exploradores o lo que sean precede al grueso de la fuerzas, todo esto, fue la causa de que a los labios de nuestra joven amiga acudiera, al cabo de un par de semanas, diez o doce veces una frase de reto que tuvo la astucia de guardar para la ocasión propicia, pero que el haberla dicho le hubiera causado un alivio del que se sentía no poco necesitada. «Tiene usted tanto temor a que pueda formularle quejas que no hace más que lanzar todas las campanas al vuelo para que ahoguen mi voz; pero no grite, querida amiga, antes de que la hayan herido; sobre todo, pregúntese a sí misma si cree que soy lo bastante perversa para quejarme. Incluso dejando que su imaginación se desborde, ¿de qué puede usted soñar que soy capaz de quejarme?» Sin embargo, la Princesa consiguió por el momento no pronunciar palabras como éstas, y lo consiguió gracias a preguntarse si la ambigüedad con que su amiga la trataba no seria ahora muy parecida a la ambigüedad con que ella trataba a su padre. Maggie también se preguntaba si le gustaría que su padre le diera aquel tratamiento que ella, día tras día, había conseguido no dar a la señora Assingham, lo que la inducía a tratar a esta amiga con la misma amabilidad que el señor Verver, aquel bendito, tan benévolo como inexcusable, trataba a su hija. De todas maneras, Maggie había con seguido sonsacarle a la señora Assingham una promesa con respecto al tiempo que pasarían en Fawns, siempre y cuando el coronel cumpliera su palabra, y a este respecto nada le iluminó tanto ni nada le inspiró un interés más íntimo como advertir que su interlocutora se abstenía de manifestar que era preciso tener en cuenta lo que Charlotte opinaba de tan larga estancia en Fawns, incluso tratándose de aliados tales como los Assingham.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker