La Copa Dorada

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Fanny evitaba hacer semejante manifestación de una forma tan evidente para la Princesa, y tan consciente en la propia Fanny, que parecía hallarse en trance de retroceder ante un abismo en el que temiera precipitarse, lo que era una verdad que también contribuía a que nuestra joven amiga tuviera siempre presente el peligro de poner de manifiesto los sutiles procesos de que se servía. El hecho de que Charlotte comenzara a emplear un criterio restrictivo en lo tocante a los Assingham —cosa que por muchas y buenas razones que saltaban a la vista jamás había hecho con anterioridad— tenía el más alto valor para Maggie, valor que quedaba incrementado por el silencio flagrante con que la propia Fanny lo rodeaba. Y lo que expresaba, de manera sumamente excitante, la cuantía de este valor era precisamente la circunstancia de que Maggie quedaba en un estado de oposición con respecto a su madrastra —en el caso de que Maggie tuviera que defender la propuesta de una larga estancia de sus amigos— mucho más activo de lo que jamás había estado, aun cuando ello supusiera otorgar a la señora Verver una magnífica oportunidad para pedir explicaciones a su marido. Desde el momento en que Maggie quedara claramente situada en la oposición, no habría modo de saber hasta qué punto se multiplicarían las oportunidades de Charlotte. Obsesivamente se preguntaba qué haría su padre si su esposa, por una parte, comenzaba a presionarle para que llamara al orden a su hija, en tanto que, por otra parte, la fuerza de una vieja costumbre —para no decir más— le predisponía, con no menos razón, a tener fe en su hija. Además Maggie estaba aprisionada en el círculo formado por las razones que no podía dar, por lo menos a su padre. La mansión en el campo era de su padre y, en consecuencia, de Charlotte, y sólo era de Maggie y de Americo en la medida en que el dueño y la dueña la ponían generosamente a su disposición. Maggie se daba cuenta de que la generosidad de su padre carecía de límites, pero éste no podía ser el caso de Charlotte, para quien jamás sería decente, dicho sea teniéndolo todo en cuenta, reducir a tener que luchar por sus preferencias. Había momentos en que la Princesa no se sentía sin armas con que luchar, siempre y cuando la lucha se desarrollara sin espectadores.


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