La Copa Dorada

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Sin embargo, no podía utilizar esta ventaja, aunque fuera triste tener que reconocerlo. Su única arma consistía en que se daba cuenta de que si Charlotte no «quería» a los Assingham, sería por algún motivo razonable. En todo momento Maggie tenía a su disposición un medio con el que contestar a cualquier queja formulada por Charlotte, que a ella le trasladara su padre. A la posible pregunta de: «¿Cuáles son tus razones, querida?», Maggie podía lúcidamente contestar: «¿Y cuáles son las tuyas, querido papá? ¿No crees que vale la pena saberlas? ¿No será que por muy fundados motivos las razones de Charlotte se limitan a que le desagrada la presencia y, en consecuencia, la observación de personas que quizá saben de ella cosas que no le conviene que sepan?». En simple lógica, Maggie podía esgrimir esta repelente carta, y le constaba debido a que, a estas alturas, y gracias a los rápidos procesos lógicos que ahora seguía, conocía íntimamente todos los manoseados naipes que tenía a su disposición. Pero Maggie sólo podía jugar esta carta pagando el prohibitivo precio de sacrificar a su padre, un precio tan prohibitivo que incluso comportaba el horror de averiguar si su padre estaba dispuesto a ser sacrificado. Lo que Maggie tuviera que hacer tendría que hacerlo sin mezclar a su padre. Y nada había que tuviera menos en común con este escrúpulo como la despiadada utilización de su conformidad siempre beneficiosa, con que el espíritu de Maggie tan audazmente se gozaba. A este respecto, la Princesa no se veía objetivamente a sí misma, y sólo veía a los demás, ya que de lo contrario hubiera quedado impresionada, e incluso un tanto divertida, por su tranquila adopción de tan pesado comportamiento. Si Maggie podía enfrentarse con la embarazosa situación de la persistente presencia de sus amigos en Fawns, a pesar de Charlotte, en parte se debía a que de ellos esperaba que le inspirasen una valentía que aumentara la suya propia. En resumen, sus amigos no sólo debían hallar por sí mismos la aprobación y la audacia, sino que también debían encontrarlas para proporcionárselas a Maggie. Y tuvo la impresión de que nos les daba el tiempo suficiente para ello aquella tarde, en la casa de Portland Place, en que espetó a la señora Assingham la siguiente incongruencia, que sólo superficialmente lo era:


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