La Copa Dorada
La Copa Dorada —No. Pero al mismo tiempo debo confesar, aunque quizá se rÃa de mà por ello, que jamás he estado tan tremendamente segura de saber cómo es usted. Ahà está usted ante mÃ, como he dicho, tan joven, tan profunda… Jamás hubiera imaginado que llevara una existencia envenenada, y como sea que usted desea saber si yo estimo si hay o no hay razón para ello, le diré que no tengo el menor inconveniente en hablar con usted aquà y ahora. No, nada me parecerÃa más gratuito.
Después de estas palabras, las dos quedaron frente a frente durante un rato. Luego, Maggie se levantó con brusquedad, mientras su amiga seguÃa mayestáticamente sentada; después de pasear de arriba abajo llevada por la intensidad de sus sentimientos, ahora se detuvo para recibir la luz que habÃa invocado. En estos momentos dicha luz se habÃa acumulado de considerable manera alrededor de la amplia presencia de la señora Assingham, constituyendo incluso, según percibió nuestra joven amiga, un medio en el cual podÃa al fin respirar hondamente. Maggie preguntó:
—¿Durante estos meses, principalmente durante las últimas semanas, le he causado la impresión de estar serena, natural y desenvuelta?
Esta pregunta requerÃa, de manera que difÃcilmente podemos calificar de imperceptible, una respuesta de cierta extensión: