La Copa Dorada

La Copa Dorada

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—Jamás me ha causado la impresión, desde el primer instante en que la vi, de otra cosa que no fuera, muy a su manera, absoluta bondad, dulzura y belleza.

Casi en tono de caricia, la señora Assingham repitió:

—Como he dicho, muy a su manera, una manera que es suya y de nadie más. En usted no he pensado más que como en un ser ajeno a cuanto es feo, tan ignorante de cuanto es falsedad, crueldad o vulgaridad, que jamás podrá ser rozada ni jamás usted lo rozará. Nunca la he relacionado con esa clase de realidades. Y he tenido tiempo suficiente para ello, en el caso de que esas realidades parecieran hallarse junto a usted, pero no lo están. Y si esto es lo que usted quería saber, así se lo digo.

—¿Consideraba que vivía satisfecha porque me creía estúpida?

En el curso de su contestación, la señora Assingham mantuvo una espontánea sonrisa, quizá levemente disimulada por un grácil y menudo fruncir el ceño:

—Si la hubiera creído estúpida, no la hubiera considerado interesante; si no la hubiera considerado interesante, no me hubiera dado cuenta de si «sabía», como he dicho, cómo era usted, o no. Y siempre me he dado perfecta cuenta de que usted esconde, en algún lugar de su personalidad, no poco carácter.

Sonriendo, Fanny añadió:


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