La Copa Dorada

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—¡Oh, sus gritos, lo reconozco, son cosa nueva! Tendré que averiguar en qué lugar encajan. Sin embargo, el problema estriba en determinar con qué los voy a encajar.

Acto seguido, la señora Assingham preguntó:

—¿Ha querido usted decir que estas dos personas van a estar desde ayer hasta mañana en un lugar en el que pueden, más o menos irresponsablemente, reunirse? ¿Cree que están solos en dicho lugar, habiéndolo previsto de antemano?

Había hablado con el tono de pintar las cosas en los más tenebrosos colores posibles. Esperó en vano que Maggie contestara, y volvió a preguntar:

—Pero ¿no es más cierto que, en esta ocasión, después de que usted volviera a decir, a última hora, que no quería ir, ellos se mostraron remisos?

—Sí, es cierto, preferían no ir. Pero yo quería que fueran.

—En este caso, hija mía, ¿dónde está el problema?

—Quería ver si iban. Y, además, estaban obligados a ir. No les quedaba otro remedio.

La señora Assingham preguntó, intrigada:

—¿Debido a que usted y su padre decidieron no ir?


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