La Copa Dorada
La Copa Dorada —No, no querÃa decir que tuvieran que ir en atención a los anfitriones, sino en atención a papá y a mÃ. SÃ, porque ahora se han dado cuenta. Fanny tartajeó:
—¿Que se han «dado cuenta»?
—De que desde hace ya algún tiempo me fijo más. Me fijo en las cosas raras que hay en nuestra forma de vivir.
Maggie vio que su amiga estuvo, por un instante, a punto de preguntar le qué eran aquellas «cosas raras», pero enseguida la señora Assingham desechó tan ambigua pregunta para escoger otra que consideraba mucho mejor.
—¿Y por eso lo hizo? No ir, quiero decir.
—SÃ, lo hice por eso. Para que quedaran solos los dos. SÃ, porque de dÃa en dÃa muestran menos deseos, o se atreven a mostrar menos deseos, de estar solos. Desde hace mucho tiempo, lo disponen todo de manera que algunas veces tengan forzosamente que estar solos los dos.
Después, como sea que la señora Assingham, como cegada por la lucidez de estas palabras, se quedara callada, Maggie preguntó:
—¿Sigue creyendo que soy modesta?
Sin embargo, si se le daba tiempo, Fanny siempre podÃa pensar cualquier respuesta brillante susceptible de ser calificada de congruente, y asà dijo: