La Copa Dorada
La Copa Dorada —Creo que está usted equivocada. Ésta, querida, es mi respuesta a su pregunta. Su pregunta exige la respuesta más clara de que sea capaz. Nada malo veo y de nadie sospecho.
Como remate, añadió:
—Y me apena profundamente que otra sea su actitud.
Esto motivó que Maggie le dirigiera otra profunda mirada y le preguntara:
—¿Nunca ha imaginado nada?
—¡No lo permita el Señor! Y conste que le estoy hablando en mi calidad de mujer imaginativa. No hay ni un solo momento en mi vida en que no esté imaginando algo, y a esto se debe precisamente el que haya podido calibrar la sinceridad con que su marido, a quien usted supone torpemente dedicado a su madrastra, es devoto, tiernamente devoto, de su admirable y adorable esposa.
La señora Assingham hizo una larga pausa para que su joven amiga se empapara bien de lo anterior, pero Maggie no dio síntomas de hacerlo. Entonces la pobre mujer coronó lamentablemente sus esfuerzos:
—¡Sería incapaz de tocarle un pelo!
Al oír esto, en el rostro de Maggie se formó la más extraña expresión, aunque con la intención de esbozar una sonrisa:
—¡Bueno…!
Pero su invitada ya había dicho: