La Copa Dorada

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—¡Yo no lo estoy!

La señora Assingham observó:

—¡Sólo faltaría que lo estuviera, señor! ¡No tendría la más leve excusa!

El Príncipe se mostró de acuerdo en que mucho tendría que buscar para encontrarla, con lo que la serenidad de ambos adquirió tal importancia que parecía que un riesgo, procedente de la parte contraria, los hubiera amenazado directamente. El único problema radicaba en que, después de haber dado tan claras pruebas de su tranquilidad y alegre ánimo, la señora Assingham tenía que explicar un poco su anterior talante y lo hizo antes de pasar a otro tema:

—Mi primer impulso es siempre el de comportarme como si temiera complicaciones. Pero, en realidad, no las temo, sino que me gustan. Con ellas me encuentro en mi elemento.

El joven aceptó esta explicación, aunque observó:

—De todas maneras, no nos encontramos ante ninguna complicación. Dubitativa, respondió la señora:

—Una muchacha bella, inteligente y de extraño carácter, alojada en casa, es siempre una complicación.

El joven Príncipe ponderó estas palabras casi como si se tratara de un problema nuevo en el mundo, y dijo:

—¿Se quedará mucho tiempo?


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