La Copa Dorada

La Copa Dorada

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Los ojos color azul oscuro del Príncipe eran muy hermosos y, en ocasiones, parecían exactamente ni más ni menos que las altas ventanas de un palacio romano, o las de una histórica fachada debida a uno de los grandes arquitectos de los viejos tiempos, abiertas de par en par al aire dorado en día de gran fiesta. En estas ocasiones, su aspecto sugería una imagen de un muy noble personaje que, esperado y aclamado en la calle por la muchedumbre, y con dorados puños de encaje cayendo sobre la balaustrada en que apoya las manos, accede valerosa y alegremente a mostrar su persona, no tanto en su propio interés cuanto en el de sus espectadores y súbditos, cuya necesidad de admirar, de pasmarse incluso, es preciso considerar periódicamente. En este sentido, su expresión adquirió la misma viveza y concreción que la expresión de una hermosa presencia personal, la de un príncipe de veras, la de un gobernante, guerrero o protector, dada su deslumbrante arquitectura y el sentido de su función. En frase feliz se había dicho que la cara del Príncipe aparecida en aquel gran marco era la de uno de sus más nobles antepasados. Fuera cual fuese ahora el antepasado en cuestión, el Príncipe se encontraba, en beneficio de la señora Assingham, a la vista del pueblo. Parecía, inclinado sobre damascos carmesíes, saludar a la esplendente luz del día. Parecía más joven de lo que era. Era hermoso, inocente y vago. El Príncipe exclamó, tonante y claro:


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