La Copa Dorada

La Copa Dorada

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Uno de los disimulados recursos que Maggie empleaba para hacer frente a la tensión imperante consistía en mezclar a la señora Assingham, de la manera más natural posible, con las ondulaciones del vivir aparente de los dos; hacer lo preciso para que dicha señora les acompañara por la tarde cuando los dos salían en coche, o cuando iban a ver cosas y objetos, ya que ver cosas y objetos se había convertido en algo tan característico de su vivir que parecía que fueran miembros de una familia dedicados a inaugurar tómbolas benéficas. En las últimas horas del día cabía hacer otras combinaciones, como, por ejemplo, recabar la presencia de la señora Assingham o la del coronel para ir a la ópera, cantara quien cantase, o sentir repentinos ataques de curiosidad por el arte dramático británico. Los buenos amigos de Cadogan Place siempre accedían sin protesta alguna a cenar con ellos e ir después a cuantos lugares públicos la Princesa tenía la audacia de preferir. Debemos decir que Maggie, en estas ocasiones, gozaba de sus sensaciones como si las hallara a su paso, nerviosa y distanciadamente; como si fueran florecillas silvestres de su oscuro bosque, por lo que podía sonreír ante ellas con la desahogada apariencia ante sus amigos y sobre todo ante su marido de quien va frívola y animosamente de excursión. Maggie experimentaba también intensos y sofocados momentos de excitación, que casi eran como inspiraciones; de manera principal tenía la extraña sensación, y a veces verdaderamente divertida, de utilizar a su amiga al máximo, con el correspondiente lujo de no tener que darle explicaciones. No, nunca, nunca más tendría Maggie que volver a dar explicaciones a Fanny Assingham; la pobre mujer, por su parte, tenía que llevar la carga, y quizá tuviera que llevarla hasta el fin de sus días, del privilegio de su penetrante ingenio. Maggie confiaba plenamente en ella, y la buena señora apreciaba en todo su valor esta confianza. Ahora, cada día más magnífica en su intachable egoísmo, Maggie no le preguntaba nada, con lo que le daba a entender la grandeza de la oportunidad que le deparaba. A ella no le importaban nada las aficiones de los Assingham, no quería saber nada de las cenas a que estaban ya comprometidos, pues esto sólo eran «detalles», y Maggie podía pensar sin pestañear siquiera en todas las modificaciones y en todas las rupturas a que el servicio a ella condenaba a los Assingham. Además, todo armonizaba a la perfección; en estos días, la Princesa, dura como un menudo y cortante diamante a pesar de su enfebrecido estado, daba muestras incluso del esplendor de poseer conscientemente capacidad creadora y constructiva. Le bastaba con ingeniárselas para presentarse ella y para presentar a su marido, con cierto aire de suficiencia para que pareciera natural que fueran a todas partes en compañía de su cortesano y de su cortesana. ¿Qué otra cosa, sino exactamente esto, había hecho Charlotte con ella durante tantas semanas de la temporada social anterior? Y Maggie había asumido la función y había desempeñado el oficio, en la mayor medida posible, de estas compañías subordinadas que flotan alrededor de los grandes.


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