La Copa Dorada

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De esta manera se sentó el precedente, y el grupo quedó normalmente constituido. Entre tanto, la señora Assingham, ya en la mesa, ya en la escalinata, ya en el palco de la ópera, podía mirar a Americo —con su característica insistencia, principalmente cuando de hombres se trataba—, de la manera que quisiera. Y no era esto precisamente lo que Maggie temía. Fanny Assingham podía advertir a Americo, podía formularle reproches, podía tranquilizarle, podía cortejarle amorosamente; en realidad resultaba imposible no hacerlo, ya que incluso se le permitía esto sencillamente en cuanto era asunto entre ellos si así contribuía al impecable comportamiento por ella garantizado. En realidad Maggie sólo quiso hacer comprender a Fanny que reconocía la eficacia de su ayuda cuando una noche le habló de un proyecto de poca monta que había forjado en su fuero interno, y que deseaba poner en práctica a la mañana del día siguiente: el proyecto se basaba en el intenso e irresistible propósito de visitar al señor Crichton en el Museo. Como la señora Assingham fácilmente recordaba, el señor Crichton era el funcionario público más competente y más amable que cupiera imaginar, a quien todos conocían y que a todos conocía, aquel que desde el principio, y principalmente al principio, se había prestado a ser gratuitamente y sólo por amor al arte y a la historia una de las más seguras fuentes de luz en el aventurado camino del señor Verver. Custodio de los más ricos departamentos de la gran colección nacional de objetos preciosos, sentía sincero aprecio por aquel coleccionista privado y le estimulaba a avanzar en su camino, incluso cuando se veía condenado a estar presente en el momento en que el coleccionista privado capturaba trofeos que la nación había sacrificado a la codicia parlamentaria. El señor Crichton extremaba su amabilidad hasta el punto de decir que, como Londres, dominado por gentes de escasa visión, forzosamente tenía que perder sus mejores y más insólitas oportunidades, «casi» le consolaba en gran manera ver cómo aquellas causas perdidas emprendían una tras otra, invariablemente, con el tintineante sonido de sus campanillas de plata, el camino hacia el fabuloso y ya renombrado acervo situado más allá del Mississippi. Los «casi» del señor Crichton tenían un encanto irresistible, principalmente después de que el señor Verver y su hija tuvieron la seguridad —o casi, otra vez— de gozar del monopolio de ellos; sobre esta base de envidia trocada en simpatía, gracias a un más íntimo conocimiento del padre y de la hija, el señor Crichton había aprendido en ambos hogares, aunque de modo principal en el de Eaton Square, a cumplir la función de personaje comprensivo y estimulante a un tiempo. Fue a invitación del señor Crichton, como Fanny muy bien recordaba, cuando Maggie, cierto día tiempo atrás, acompañada precisamente por la propia Fanny y para mayor gloria del apellido que ostentaba, había visitado uno de los más amplios altares de aquel supremo templo de exposición, estancia de estanterías repletas de viejos libros italianos encuadernados en oro y en marfil y oro, consagrados a la crónica del linaje del Príncipe. Fue una impresión penetrante e imborrable, a pesar de lo cual Maggie suspiró muy lindamente, lamentando que la inspección hubiera tenido que ser forzosamente tan superficial. Cualquier otro día Maggie volvería allá para sumergirse más profundamente, para quedarse largo rato para catar y catar. A pesar de estas palabras, sin embargo, la señora Assingham no podía recordar haber tenido indicios de que la visita se repitiera. Durante largo tiempo en su feliz vivir, Maggie había dado primacía a otras ocasiones sobre aquella segunda ocasión y todas dieron testimonio, en su medida, de la excelencia de la sangre de su marido, de sus ricos componentes y de sus muchas y notables referencias; después, sin duda, el encantador fervor, en virtud de posteriores razones, se extravió por otros vericuetos y se debilitó.


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