La Copa Dorada

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Sin embargo, ahora parecía que una conversación con el señor Crichton había insuflado aliento vivificante en aquella debilitación; Maggie habló de su propósito, en concepto de idea exclusivamente suya, a cuyo éxito se proponía dedicar una mañana. Las visitas de graciosas damas, bajo la protección del señor Crichton, iluminaban con luz rosada, para aquel ser enamorado de las flores y libador de mieles de la gran colmena de Bloomsbury, sus atestados pasillos y sus celdas; a pesar de que el señor Crichton no sabía de cierto, a juzgar por el modo en que Maggie le formuló su petición, cuál sería el objeto que había vuelto a suscitar las ansias de su amiga, nada le fue más fácil que abrir a Maggie el camino de la urbanidad que presidía sus actos. Como Maggie dijo a la señora Assingham, quedó claramente establecido que ella renunciaría a la presencia de su marido. Más tarde Fanny recordaría que al principio había considerado que esta decisión constituía una de las más sutiles notas de distanciamiento de su joven amiga, e imaginó que debía ir allá sola por el matiz de ironía que en aquellos días de ambigüedades la presencia de su marido pudiera parecer conferir prácticamente a todos los atributos del transmitido significado de su persona. Luego, en el mismo instante, Fanny estimó con claridad que tan elaborada libertad era virtualmente la quintaesencia de la reflexión, el impulso para conmemorar de nuevo cuanto todavía quedaba de orgullo y de esperanza, con lo que la sensación de ambigüedad que Fanny experimentaba se desvaneció felizmente y felicitó a su amiga por tener algo tan exquisito que hacer y estar de tan buen humor para hacerlo. Llegado el momento, y después de que pasara, quedó confirmado el optimismo de Fanny, y por la noche supo que la hora pasada entre las luces con pantalla, las crónicas y las ilustraciones, los pergaminos y los retratos, los volúmenes con blasones y los comentarios en murmullos, había sido para la Princesa fuente de inspiración y de ampliación de conocimientos. Pocos días antes, Maggie había dicho a la señora Assingham, muy dulcemente pero al mismo tiempo con gran firmeza: «Invítenos a cenar, por favor, el próximo viernes; e invite también a quien quiera o a quien pueda, sea quien fuere». El matrimonio de Cadogan Place se había plegado a esta orden con docilidad sin indignación por lo que el mandato comportaba.


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