La Copa Dorada

La Copa Dorada

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Maggie lo consideraba como una manera de ocupar una noche y, al parecer de su amiga, infundió carácter a la ocasión al calificarla, más o menos explícitamente, de nueva y extraña. Los buenos cónyuges Assingham gozaban de las otras dos mesas en una escala tan desproporcionada con respecto a las solicitudes de gozar de la suya, que resultaba fácil estimar divertido ver cómo daban de comer en casa, cómo se enfrentaban con el problema de ofrecer una cena. Resumiendo, digamos que Maggie cenó con ellos y llegó a conseguir que su marido lo aparentara de una manera muy parecida a la de una pareja de jóvenes soberanos, animados por el juguetón humor de los tiempos dorados de las monarquías, que se invitan a sí mismos en casa de una pareja de súbditos fieles. Maggie dio muestras de interés por el modo de vivir hogareño de los Assingham, y se comportó con una inquisitiva ternura que tuvo por objeto los aspectos económicos de la vida de los anfitriones; de este modo la dueña de la casa lo explicó todo de una manera que no dejaba de ser natural, como ella misma hubiera dicho: el tono general y la libertad de que Maggie daba ejemplo, atribuyéndolo a los renovados efectos, de una de las lecciones aprendidas por la mañana en el altar del pasado. ¿No sería que un par de anécdotas contadas a Maggie le habían recordado que para las princesas de su linaje había más de una manera de llegar a ser heroína? Aquella noche Maggie sorprendió a todos por su pródiga afabilidad. Sin duda alguna, no llegó a ser bulliciosa; pero, si bien la señora Assingham en calidad de crítico benévolo jamás había puesto en duda que los modales de Maggie eran gráciles, también es cierto que nunca la había visto poner a contribución tanto sus dotes para revestir las apariencias de lo que quizá pudiera llamarse su recia personalidad. Aquello era como una melodía a cuyo compás el corazón de Fanny podía latir en secreto. Su invitada era feliz, feliz a consecuencia de algo que había ocurrido, y hacía lo preciso para que el Príncipe no dejara de percibir ni siquiera una vibración de sus risas, aunque no siempre permitiéndole calificarlas de risas totalmente ajenas a la insensatez. La insensatez, en público, si rebasaba cierto punto, era algo que el Príncipe difícilmente toleraría que se atribuyera a su esposa; por tanto ante la amiga del Príncipe y de la Princesa se abrió la posibilidad de que se produjera después una escena entre ambos en el trayecto de regreso en el coche; una escena en casa basada en unas preguntas levemente sarcásticas, en la invitación a inmediatas explicaciones; una escena que, según fuera la interpretación que a su papel diera Maggie, podía o no podía precipitar acontecimientos. Por el momento, lo que daba a estas apariencias su carácter intrigante era el misterio —incluso para el propio Americo— sobre el incidente o la influencia que, de modo tan peculiar, había sido causa de ellas.


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