La Copa Dorada
La Copa Dorada En todo momento, la mirada de Maggie seguÃa siendo fija y penetrante; por un instante causó la impresión de tener una pequeña explosión, de dar el pequeño golpe de preguntar cuál era aquella «opinión» a la que Fanny Assingham se habÃa referido. Durante unos instantes, Fanny quedó alerta, en espera de que surgiera la llamarada de aquel pequeño estallido, pero pronto vio que la amenaza desaparecÃa; vio con toda claridad que la Princesa, a pesar de su dolor, se negaba por extraño y apasionado pacto a aprovechar la oportunidad de darle la puñalada del reproche, oportunidad que se habÃa presentado por sà misma. Fanny vio a la Princesa —o pensó que la veÃa— como si examinara la oportunidad para cortar tajantemente el trato con ella, como si considerara atentamente aquella oportunidad y, luego, pasara de largo; y al percatarse de semejante hecho, quedó muda por la admiración que sintió hacia aquel lúcido y enaltecido espÃritu, que no habÃa desdicha que pudiera confundir, ni descubrimiento —que, aunque de forma oscura, de un descubrimiento se trataba— que pudiera menguar su entereza. Estos breves segundos transcurrieron deprisa, pero duraron lo suficiente para renovar en nuestra amiga la sensación de lo muy extraordinario que era su empeño, la función que de nuevo recaÃa sobre ella, y de nuevo tuvo el sentido de la responsabilidad. Le habÃan recordado las condiciones por las que habÃa quedado libre de obligaciones y su liberación habÃa quedado debidamente indicada al recordar su relación con la antigua reaparición de Charlotte; en el fondo de la impresión experimentada por Fanny Assingham resplandecÃa, de una manera que le estimulaba en gran manera, su constante comprensión, clara desde el primer momento, de la nobleza de los motivos de su amiga. Era como un nuevo sacrificio para emprender una mayor conquista, que podrÃa expresarse con las siguientes palabras: «Sáqueme de este trance ahora, hágalo ante lo que ocurre y a pesar de lo que ocurre; luego le concederé una libertad de cuya amplitud ni siquiera vale la pena hablar». El incremento del temor de Maggie —o llamémosle, si parece, del conocimiento de Maggie— ocupó inmediatamente en su espÃritu el lugar que le correspondÃa en cuanto a un mayor temor por su padre, y el efecto que esto le produjo fue que transformó en pasión las razones que tenÃa para transformar la protección de su padre, o dicho en otras palabras, su ignorancia en la ley que habÃa de regir su comportamiento y en la clave de las soluciones que adoptara. Maggie oprimÃa contra sÃ, en su inconfundible horror, estas razones y estas formas con la misma fuerza que un jinete que monta un caballo de saltos oprime la silla con las rodillas; Maggie hubiera podido declarar muy bien a su invitada que estaba convencida de que permanecerÃa en la silla, siempre y cuando dichas razones y formas sólo cumplieran esta función. Fanny, que todavÃa ignoraba qué era aquello con lo que se habÃa tropezado, en su fuero interno ansiaba saber las causas que turbaban el espÃritu de Maggie y, de esta manera, sin decir palabra, sólo por medio de sus ojos apiadados, expresó la exhortación a que siguiera adelante con una linterna para disipar las tinieblas e indicar el tránsito inadvertido que se desviara y, al llegar a la encrucijada, buscar los motivos de alarma. En consecuencia, Maggie repuso inmediatamente: