La Copa Dorada
La Copa Dorada —Pasaron horas juntos, pasaron toda una mañana juntos, por lo menos, de lo cual he podido tener la certeza ahora, a pesar de que ni siquiera pude soñarlo en aquel entonces. Esta copa se ha convertido en testigo, por el más maravilloso de los azares. Ésta es la razón por la que, desde que la copa llegó a esta casa, la he tenido aquí para que mi marido la viera; la he puesto en un lugar en el que pueda verla casi inmediatamente, caso de que venga a esta habitación.
Maggie hizo una pausa y prosiguió:
—Quiero que la copa reciba a mi marido, y que mi marido reciba a la copa; quiero estar presente en ese encuentro. Pero esto no ha ocurrido todavía, a pesar de que en los últimos tiempos mi marido ha venido a menudo a mis habitaciones; sí, especialmente en los últimos tiempos. Pero hoy no ha venido aún.
Maggie hablaba de manera que su voluntariamente impuesta serenidad iba en constante aumento, hablaba con una coherencia laboriosamente conseguida que la ayudaba, evidentemente, a medir sus palabras y a refrenar su comportamiento. Los hechos que ahora invocaba constituían para ella una ayuda y, en consecuencia, eran fuente de una formidable armonía y, al mismo tiempo, eran una guía de sus pasos: