La Copa Dorada

La Copa Dorada

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Al escuchar estas palabras, la señora Assingham se acercó a la copa sobre la repisa del hogar, haciéndolo además animada por el deseo de que no comportara acercarse también al parecer de la Princesa. Miró el precioso objeto —si era precioso—, y se descubrió a sí misma contemplándolo como si en un oscuro empeño intentara arrancarle su secreto para no tener que padecer la imposición del parecer de Maggie. Se trataba de un objeto recio, rico y firme, con su profunda concavidad. Prescindiendo de la tortura que el objeto representaba, hubiera sido para Fanny, por su amor a la abundancia de amarillo, un envidiable ornamento, una posesión realmente deseable. Fanny no tocó la copa; pero al cabo de un rato, cuando dio media vuelta y se alejó de ella, lo hizo como si la razón de tal actitud fuera un extraño y repentino miedo de hacerlo. Dijo:

—En este caso, ¿todo depende de esa copa? Quiero decir ¿que su futuro depende de la copa? Por lo menos, así me ha parecido entenderlo. Maggie repuso:

—Lo importante es que este objeto me ha puesto, de tan milagrosa manera, en el camino de llegar a saber hasta qué punto llegaron los dos al principio. Si tanto hubo entre ellos dos anteriormente, a juzgar por las apariencias, difícilmente puede no haber mucho más ahora.

Maggie prosiguió, siguiendo su camino firmemente, paso a paso:


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