La Copa Dorada
La Copa Dorada Las palabras de la mayor de las mujeres habían causado a Maggie la impresión de haberse pronunciado en un tono ahora inoportuno, propio del reciente acuerdo basado en las apariencias según el cual nada había que pudiera probarse, del mismo modo que nada había que pudiera desmentirse con seguridad. Pero ahora la situación había variado debido a que había aparecido lo definitivo, fuera lo que fuese, y le permitía a Maggie adoptar una posición firme. Y notablemente firme se mostró Maggie cuando dijo:
—¡Duró en todo momento mientras Americo se disponía a casarse conmigo!
Los ojos de Maggie volvieron a fijarse en aquella evidente prueba:
—¡Y esto lo demuestra! ¡Esto lo demuestra!
Pero ahora Maggie fijó la vista en su interlocutora, y dijo:
—¡Y seguía durando cuando papá se casó con ella!
La señora Assingham se defendió lo mejor que pudo:
—Puede usted estar segura de que los dos se casaron animados por las más notables intenciones.
—¡Papá sí, sin la menor duda!
Al volver a tener conciencia de ello, Maggie se sintió arrastrada por el oleaje de sus sentimientos: