La Copa Dorada
La Copa Dorada Maggie se esforzó durante un minuto en intentar comprender a su amiga; por fin, preguntó:
—¿Que el PrÃncipe tenÃa fe en sà mismo?
—¡De la misma forma que yo tenÃa fe en él! ¡Fe absoluta, Maggie! Y añadió a estas palabras:
—Y todavÃa tengo fe en él a pesar de todo.
Palabras que matizó con las siguientes:
—Quiero decir que creo en él.
Maggie aceptó esta manifestación. Después volvió a quedar inquieta, como flotando. Cuando este estado de ánimo llegó a su término, preguntó:
—¿Y todavÃa tiene fe en Charlotte?
La señora Assingham tuvo una vacilación que ahora creÃa poder permitirse, y dijo:
—Hablaremos de Charlotte cualquier otro dÃa. De todas maneras, en aquel entonces, los dos se creÃan a salvo de todo peligro.
—En ese caso, ¿por qué me ocultaron esas cosas, todas las cosas que yo podÃa saber?
La señora Assingham la miró con suma dulzura, y le preguntó:
—¿Y por qué se las oculté yo misma?
—¡Usted no estaba obligada a decÃrmelas!
Al escuchar estas palabras, la pobre mujer exclamó:
—¡QueridÃsima Maggie, es usted divina!
La Princesa prosiguió: