La Copa Dorada
La Copa Dorada —¡Y pretendÃan quererme! ¡Y pretendÃan quererle a él!
—¿Y puede decirme, por favor, qué no pretendÃa yo?
—Por lo menos no pretendÃa que yo le importaba tanto como Americo y como Charlotte. Los dos eran mucho más interesantes, lo que me parece perfectamente natural.
Y remató estas palabras con la siguiente pregunta:
—¿Cómo no iba a gustarle Americo?
La señora Assingham se rindió:
—Efectivamente, ¿cómo no iba a gustarme?
Después, con noble libertad, la señora Assingham recorrió el resto de su camino:
—¿Y cómo no va a gustarme?
Esto motivó que Maggie, dilatados los ojos, fijara de nuevo la vista en la señora Assingham:
—Comprendo… comprendo. Me parece muy hermoso que sea capaz de experimentar estos sentimientos.
Después de una pausa, Maggie añadió:
—¿Y, desde luego, también deseaba ayudar a Charlotte?
Fanny pensó un poco, y repuso: