La Copa Dorada

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La señora Assingham pudo ahora percibir perfectamente la visión que Maggie tenía de su padre, por lo que la contempló animada de renovada curiosidad. En este sentido, podía mentir sin riesgo alguno. Fue como si hubiera ampliado un poco aquella rendija por la que recibía la luz. Ahora dijo:

—¡Su padre tenía fe, una fe muy hermosa, en Charlotte!

—Sí, y yo fui quien le indujo a tener fe en ella. En aquel entonces no quería que llegara a tener tanta fe en ella, porque no tenía idea de lo que se avecinaba. ¡Pero yo fue quien le induje a tener fe!

La señora Assingham insistió:

—¡Y qué fe tan hermosa!

Sin embargo, Maggie ahora contemplaba aquel asunto según su propia visión, con lo cual adquiría unos visos muy diferentes.

—Y fue él quien consiguió que ella creyera que era perfectamente posible.

La señora Assingham, dubitativa, preguntó:

—¿Fue el Príncipe quien lo consiguió?

Maggie la miró con fijeza. Se había referido a su padre. Pero las palabras de Fanny le hicieron abrir los ojos:

—Los dos lo consiguieron. Si no hubieran intervenido los dos, Charlotte no lo hubiera estimado posible.


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