La Copa Dorada

La Copa Dorada

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Maggie se había alejado de la ventana, de una de las tres ventanas por las que se veía desde la amplia estancia, situada en un ventajoso punto de la parte trasera de la casa, el cielo de poniente, y por las que penetraba la luz de la atardecida. La señora Assingham, en posesión de la copa y sabiendo que tenía una tara, se acercaba a otra ventana para aprovechar la luz que menguaba lentamente. Toqueteaba la singular pieza, la sopesaba, la miraba por todos los lados; teniendo conciencia cada vez más clara de un irresistible impulso nacido en su interior, preguntó:

—¿Una grieta? En ese caso, su idea también tiene una grieta.

Maggie, que ahora se encontraba un tanto alejada de la señora Assingham, esperó un poco antes de contestar.

—Si esa idea a que se acaba de referir es el conocimiento de que…

Pero, Fanny, con decisión, la interrumpió:

—Sólo hay un conocimiento que nos concierna, sólo hay un hecho que nos importe.

—¿Cuál?

—El hecho de que su marido jamás, jamás, jamás…

Pero la misma gravedad de esta afirmación la indujo a interrumpir la frase mientras dirigía la vista a su amiga, un tanto alejada de ella. Maggie dijo:


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