La Copa Dorada

La Copa Dorada

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—Quería decir sublime en nuestra felicidad, como si lo contemplara todo desde una alta cima. 0, mejor dicho, sublime en nuestra general posición.

Había hablado como llevada por el hábito de mantener su conciencia en estado de ansiedad, como si algo la predispusiera a menudo a saber con seguridad, en vista a su comercio con los humanos, el «estado» de los libros de contabilidad del espíritu. Maggie explicó:

—Te lo pregunto porque no quiero quedar cegada o convertirme en altanera, llevada por determinada conciencia de hallarme en esta o aquella situación social.

El padre de Maggie escuchó esta declaración como si las preocupaciones de la bondad de su hija todavía pudieran, al mostrarse, constituir sorpresa para él, por no hablar ya del encanto que su delicadeza y belleza en él producían. Parecía que el señor Verver, conmovido, deseara ver hasta qué punto quería llegar su hija y a qué punto realmente llegaba. Pero Maggie esperó un poco, como si precisamente percatarse de lo muy pendiente que su padre estaba de lo que ella se disponía a decir la pusiera nerviosa. Los dos estaban evitando cuanto fuera serio, se mantenían ansiosamente al margen de cuanto fuera real, y volvían a adoptar, una y otra vez, como si con ello quisieran ocultar su cautela, el tono de la recordada ocasión de la anterior charla, en la que ambos compartieron el mismo refugio.

Maggie prosiguió:


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