La Copa Dorada
La Copa Dorada ¿Y quién podía decir que, gracias a esto, no podían llegar a hacerlo los dos, antes de llegar al fin?
Entretanto, los dos juntos habían seguido en el dorado aire, hacia las seis de la tarde de aquel día de julio que envolvía los densos bosques de Kent, el desarrollo de varias facetas de la evolución de las antiguas compañeras de juego de Maggie, al parecer todavía atraídas por ideales de imposible alcance, regresando al otro lado del océano, a sus nativas sedes, para proceder a la renovación de su —difícil era darle nombre— equipo moral, económico y de conversación, y reapareciendo una y otra vez como una tribu de judías errantes. Sin embargo, nuestra pareja agotó por fin el estudio de estos anales, y al cabo de unos instantes de silencio, Maggie se dispuso a abordar un tema diferente o, por lo menos, un tema cuya inmediata relación con el anterior no era, a primera vista, evidente. Maggie así lo hizo:
—¿Te has reído de mí cuando hace un momento me he preguntado por qué podía la otra gente desear luchar?
Hizo una pausa y añadió, con cierta ansiedad, la siguiente pregunta:
—¿Me has considerado…, bueno…, en fin…, fatua?
El señor Verver pareció un tanto desorientado:
—¿Fatua?