La Copa Dorada

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El lugar en que se encontraban, en las circunstancias que motivaron esta propuesta, y el lugar en que hubiera verdaderamente parecido ridículo que se quedaran satisfechos, teniendo ya cerca el sórdido mes de septiembre londinense, era precisamente el lugar en que el desierto de Portland Place tenía un aspecto más desolado que nunca, y en que un adormilado cochero, escudriñando el horizonte para vislumbrar un posible cliente, podía olvidarse de los riesgos que la inmovilidad comporta. Pero Americo sostenía la extraña opinión, día tras día, de que su situación difícilmente se podía mejorar, e incluso no se mostraba remiso a replicar que, si la dura prueba que los dos estaban pasando le parecía a Maggie superar la capacidad de paciencia de los dos, toda decisión que tomaran lo harían para alivio de ella. Y se debía, en parte, a que Americo estaba firme y maravillosamente dispuesto a negarse a reconocer, hasta el fin, ni siquiera con una palabra dubitativa, que existiera o hubiera existido en su vida un solo elemento de los que convierten una situación en dura prueba; y que trampa circunstancial alguna, ni olvido en las «formas», ni accidente de irritación le habían conducido a semejante inconsecuencia. Su esposa hubiera podido insinuar que era consecuente con las admirables apariencias que desde un principio había revestido y había seguido revistiendo, de una manera excesivamente rígida, a costa de ella; sin embargo, resultaba que Maggie no era persona capaz de hacer semejante cosa, ni por asomo; el extraño y tácito pacto vigente en la actualidad entre los dos quizá estuviera basado en una inteligente comparación, en un claro ensamblaje de la clase de paciencia propia de cada uno de los dos. Maggie ayudaba a Americo, y éste se mostraba siempre dispuesto a hacer lo que se debía hacer, siempre y cuando Maggie le ayudara a ello. Este acuerdo, tácitamente renovado semana tras semana, había recibido la consagración del paso del tiempo, pero no hace falta decir que Maggie le ayudaba conforme a las condiciones pactadas por éste, y no las pactadas por ella o, dicho en otras palabras, que Maggie debía seguir los caminos no explicados, no señalados, elegidos por Americo. Si esta manera de actuar, resultante de una de las afortunadas características íntimas de Americo que aún no le habían abandonado completamente, daba el feliz resultado de hacer de él un hombre más propenso a aburrirse que a aburrir (con las ventajas de poder ceder libremente, aunque sin quedar convencido de que debía estar en deuda con el prójimo por haber cedido), ¿qué revelaba esta falsa faceta de la situación sino que Maggie vivía entregada a Americo? Si ella hubiera puesto en tela de juicio, o hubiera resistido, o hubiera interferido —o si se hubiera reservado semejantes derechos—, no habría estado entregada a Americo; a pesar de lo cual todavía se daban, y evidentemente seguirían dándose durante un tiempo, largos y tensos períodos en los que la situación de la pareja, al parecer de todos los observadores, se hallaba pendiente de la posible, imposible, defección de Maggie. Ella estaba obligada a resistir a ultranza, no podía ausentarse de su puesto ni siquiera durante tres minutos, ya que sólo de esta manera podía demostrar que estaba al lado de su marido y no en contra de él.


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