La Copa Dorada
La Copa Dorada Extraordinario era que Maggie hubiera invitado a su marido a dar tan pocos síntomas de estar, de haber verdaderamente estado en todo momento «al lado» de su esposa. Maggie no dejaba de hacerse esta reflexión ahora, en el estado de suspensión en que se hallaban, en el estado de suprema espera, reflexión que inducía a Maggie a reconocer que había estado obligada a «hacerlo todo», a seguir el camino íntegramente hasta el final, a avanzar infatigablemente, mientras él se quedaba quieto, como una estatua de uno de su antepasados. En sus horas de soledad Maggie consideraba que el significado de lo anterior radicaba en que Americo tenía un lugar, y que esto era un atributo indestructible, imborrable, que imponía en todos los demás —desde el instante en que querían algo concreto de Americo— la necesidad de dar más pasos que los que Americo podía dar, de dar vueltas alrededor de Americo y de recordar, en beneficio de éste, la famosa relación que se daba entre Mahoma y la montaña. A poco que se meditara sobre ello se vería que se daba el extraño caso de que el lugar de Americo era una realidad constituida para él por innumerables hechos: hechos básicamente de esa naturaleza que recibe el nombre de histórica; hechos realizados por antepasados, resultantes de ejemplos, de tradiciones, de costumbres, en tanto que el lugar de Maggie resultaba ser sencillamente aquel improvisado «puesto» —uno de esos puestos que se califican de avanzados— con el que se encontró vinculada a la manera que se encuentra vinculado un colonizador o un mercader a un nuevo país; incluso como una esposa india, con un hijo colgado a la espalda, ofreciendo en venta bárbaros abalorios. Dicho en pocas palabras: el lugar de ella difícilmente podía hallarse en el más rudimentario mapa de las relaciones sociales en cuanto tales. La única geografía en que hubiera podido encontrarse era la de las pasiones fundamentales. De todas maneras, el camino que el Príncipe había indicado tenía su origen en la previsión de la anunciada partida de su suegro a América en compañía de la señora Verver, de la misma manera que este próximo acontecimiento había aconsejado en un principio, en vista a la discreción, la salida de la joven pareja por no hablar ya de la retirada de todo género de presencias inoportunas, antes de que se produjera el gran desmantelamiento de Fawns. Durante un mes esta residencia quedaría atestada de carpinteros, mozos de carga y otros entregados al embalaje, operaciones que, como llegó a ser notablemente público y notorio —en Portland Place, se entiende—, serían presididas por Charlotte, operaciones cuya escala y estilo no parecieron de tan magna envergadura a Maggie como en aquel día en que los buenos Assingham volvieron a visitarla en su casa marital, cubiertos de serrín y con la cara tan pálida como si hubieran visto a Sansón derribando el templo. Los Assingham habían visto lo que Maggie no había visto; habían visto siniestras y movidas escenas que les causaron tal impresión que se vieron obligados a retirarse; pero Maggie ahora sólo tenía ojos para el reloj con el que medía el tiempo de su marido, o por el espejo —la imagen quizá sea más ajustada— en el que veía reflejado a su marido mientras éste medía el tiempo de la pareja en la casa de campo. De todas maneras, el acceso de sus amigos de Cadogan Place confirió a las relaciones entre los dos cierta resonancia, efecto especialmente notable por las secuelas de un rápido intercambio de impresiones entre la señora Assingham y la Princesa. Con ocasión de interpelar la señora Assingham ansiosamente a su joven amiga, por última vez en Fawns, se advirtió que la amistad de aquélla había osado, después de larga y aceptada privación, ser de nuevo inquisitiva; jamás había cedido tanto a este impulso como ahora en lo referente a la presente y extraña decisión adoptada por los distinguidos excéntricos.