La Copa Dorada

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—¿Quiere usted decir que realmente se dispone a quedarse aquí?

Y antes de que Maggie pudiera contestar, la señora Assingham volvió a preguntar:

—¿Y qué hará por la tarde y por la noche?

Maggie esperó unos instantes con una leve sonrisa, ya que podía aún sonreír, y repuso:

—Cuando la gente sepa que estamos aquí, todos los periódicos lo dirán sobradamente, acudirán a centenares desde donde estén, sea donde sea, para vernos. El coronel y usted así lo han hecho. Me atrevo a decir que nuestras veladas en nada se diferenciarán de todo lo nuestro. No serán diferentes a nuestras mañanas y nuestras tardes, con la salvedad de que quizá ustedes dos, queridos amigos, nos ayuden a veces a soportarlas.

Hizo una pausa y añadió:

—Le he ofrecido ir a cualquier sitio, alquilar una casa si es preciso. Pero esto, esto y nada más, es idea de Americo. Ayer le dio un nombre que, según dijo él mismo, era el más expresivo y adecuado.

La Princesa se permitió de nuevo una sonrisa que no expresaba alegría. Pero que aún era posible, y terminó diciendo:

—Como puede usted ver, nuestra locura viene regida por un método.

Estas palabras intrigaron a la señora Assingham:

—¿Y cuál es el nombre?


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