La Copa Dorada

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Dijo estas palabras con cierto matiz de tristeza, como si recordara su antiguo vivir en comunidad. Sin embargo, un espectador suficientemente imparcial les hubiera juzgado una pareja privilegiada, de lo cual tenían reputación, siempre y cuando se tuviera en cuenta que estaban esperando la visita de personas de la realeza. Parecían dispuestos, tan pronto les dieran aviso con antelación, a ir juntos al pie de la escalinata, el Príncipe un poco adelantado, avanzando incluso hasta la puerta, e incluso descendiendo algunos peldaños, a pesar de toda su principesca presencia. Era preciso reconocer que corrían momentos propicios para que acontecieran incidentes de magnitud. La quietud septembrina reinaba plenamente, al término del día insulso, y dos de las alargadas puertas vidrieras estaban abiertas, dando a los balcones que dominaban la desolación, a los balcones desde los que Maggie, en primavera, había visto a Americo y Charlotte juntos, mirando abajo, cuando ella regresaba del cercano Regent Park, en compañía de su padre, del Principino y de la señorita Bogle. Ahora, Americo de nuevo salió, llevado por su puntual impaciencia, un par de veces al balcón, y se quedó unos instantes en él. Después de lo cual, regresó a la estancia para comunicar que nada había avistado, y se quedó sin tener otra cosa que hacer. La Princesa fingía leer, el Príncipe la miraba al pasar ante ella, y en la conciencia de aquélla estaba permanentemente el vago recuerdo de otras ocasiones en que había disimulado las apariencias de la agitación, sirviéndose de un libro. Por fin, la Princesa se dio cuenta de que lo tenía de pie ante ella, y levantó la vista. El Príncipe dijo:


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