La Copa Dorada
La Copa Dorada —No debe saberlo.
—¿Debe seguir creyendo que tú nada sabes?
—¿Y, en consecuencia, quedar en el convencimiento de que soy tonta? Que crea lo que quiera.
—¿Que siga creyéndolo, sin que yo proteste?
La Princesa efectuó un leve movimiento y dijo:
—¿Ya ti qué te importa?
—¿No tengo derecho a corregirla en…?
Dejó que la pregunta del PrÃncipe siguiera vibrando en el aire, que vibrara el tiempo suficiente para que él mismo la oyera. Y, luego, Maggie repitió:
—«¿Corregirla?».
Y, ahora, la palabra vibró realmente en la voz de Maggie, que preguntó:
—¿Has olvidado quién es?
Después, mientras el PrÃncipe seguÃa pasmado, ya que era la primera vez en su vida que habÃa visto a su esposa comportarse de forma tan mayestática, Maggie dejó precipitadamente el libro y levantó una mano, en movimiento de alerta:
—El coche. ¡Vamos!