La Copa Dorada

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La lúcida firmeza de este «¡Vamos!» estuvo a la misma altura que la de sus anteriores palabras, y, cuando se hallaron abajo, en el vestíbulo, Maggie dirigió al Príncipe un «¡Ve!», a través de las puertas abiertas y por entre las filas de criados, que incluso estuvo a la altura de estas circunstancias. En consecuencia, el Príncipe, descubierta la cabeza, recibió a la realeza, encarnada en las personas del señor y la señora Verver, en el momento en que se apeaban, en tanto que Maggie se quedaba en el umbral para darles la bienvenida a la casa. Más tarde, cuando de nuevo se hallaban en la planta superior, la propia Maggie sintió todavía con más fuerza el límite que anteriormente había señalado a su marido, y, durante el té, en presencia de Charlotte, Maggie dio un largo suspiro de profundo alivio. Una vez más, era la impresión más extraña que cupiera imaginar, pero la sensación dominante que ella experimentó, durante aquella media hora, era que el señor y la señora Verver hacían todo lo preciso para que la reunión se desarrollara felizmente. Los dos actuaban de acuerdo, de común acuerdo para producir un mismo efecto, que Maggie jamás había observado en ellos, y poco tardó en llegar el momento en que la mirada de Americo se cruzó con la de Maggie, expresando un reconocimiento que no podía reprimir. La cuestión del grado de corrección en los modales que Charlotte se había impuesto se planteó y sólo quedó planteada un instante, ya que enseguida dicha cuestión desapareció, cual hundiéndose, palmariamente, por su propio peso, tal era el grado de espontaneidad del comportamiento de Charlotte, tales fueron las muestras que de serenidad consiguió dar. Pero el matiz oficial, en su belleza y en su seguridad, jamás desapareció. Era como un fresco y alto refugio, como la profunda y arqueada hornacina en que se encuentra una imagen polícroma y dorada, en la que Charlotte estaba aposentada sonriente, esperando, mientras tomaba el té, y recordaba su misión, de acuerdo con su marido. Su misión había tomado una forma definida, y la palabra misión no era más que otro nombre con que denominar el interés de la gran oportunidad que a Charlotte se le ofrecía y que consistía en ofrecer arte y cultura a un lejano pueblo que languidecía en la ignorancia. Diez minutos antes, Maggie había comunicado con suficiente claridad al Príncipe que ella no necesitaba que le dijeran en modo alguno qué era aquello por lo que Charlotte no consentiría la tomaran, pero ahora la dificultad radicaba en elegir, a modo de explícito tributo de admiración, entre las diversas facetas más nobles de Charlotte. Aunque la expresión sea burda, podemos decir que actuaba con un buen gusto y una discreción tales que, durante el primer cuarto de hora, atrajo de tal modo la atención de nuestra joven amiga que quedó apartada de la actitud del oscurecido, casi superado, marido de aquélla. Pero, en esta ocasión, Adam Verver realmente se benefició, incluso ante su hija, de esa tan marcada peculiaridad suya consistente en carecer de actitud en todo momento, y mientras estuvieron reunidos, Maggie siguió teniendo la sensación de que su padre se limitaba a ir tejiendo su telaraña y a sostener su largo y delgado cordón, y tuvo conciencia de que se hallaba en presencia de este tácito proceso, tal como había tenido conciencia de ello en Fawns. Aquel hombre, aquel ser tan querido, tenía una muy peculiar manera de moverse, estuviera donde estuviera, en todas partes, silenciosamente, para averiguar lo que en ellas había, y el hecho de que ahora recurriera a esa costumbre, a pesar de conocer ya los objetos que tenía ante la vista, expresaba claramente su intención de dejar que su esposa se valiera por sí misma y, más aún, significaba, al entender de la Princesa, desde que pensó de una manera más directa en su padre, casi una especial conceptuación de dichos valores, tal como ahora quedaban de relieve en su rareza, juntamente con una independiente y firme apreciación de su justa y bella pertinencia, por lo que no necesitaban el acompañamiento del leve y contemplativo murmullo que, a veces, emitía el señor Verver.


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