La Copa Dorada

La Copa Dorada

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Charlotte estaba sentada como en un trono, entre su anfitrión y la esposa de éste, y la escena en su integridad había quedado cristalizada, tan pronto Charlotte ocupó su lugar, con el debido porte. La armonía no era menos sostenida por ser superficial, y el único momento en que pudo quebrantarse esta armonía se produjo cuando Americo quedó en pie el tiempo suficiente para que su suegro, vagamente intrigado, le dirigiera una invitación, una llamada, y, entonces, él, a falta de palabras con que responder, seleccionó, para ofrecerle a su visitante, una fuente de petits fours. Maggie observó —si es que ahora cabe emplear el verbo «observar»— cómo su marido ofrecía la fuente; advirtió la consumada manera —«consumado» era el término que Maggie empleaba en su fuero interno— con que Charlotte eliminaba de su afectación y de su impersonal sonrisa todo signo que delatara la más leve observación y, después, sintió como si algo se formara lentamente, algo que, al cabo de un minuto, le llegó flotando desde el otro extremo de la estancia, en donde su padre se hallaba de pie contemplando un cuadro de la primera época de la escuela florentina, y con tema sacro, que le había regalado en ocasión de contraer, Maggie, matrimonio. Parecía que su padre diera en silencio su último adiós al cuadro. A ella le constaba que era una obra que su padre tenía en excepcional estima. La ternura que le provocó el que su padre renunciara a semejante tesoro se había transformado, a su parecer en parte de la total efusión, de la inmortal expresión. La bondad de los sentimientos de su padre la contemplaba siempre con benevolencia sobre todo lo restante, cual si el marco fuera realmente la ventana del rostro espiritual de su padre. Ahora, en los presentes momentos, bien hubiera podido decirse Maggie que su padre, al dejar aquel objeto tras de él, para que ella lo conservara, hacía lo que más se parecía a dejarle una parte palpable de su propio ser. Puso una mano sobre el hombro de su padre, y sus miradas volvieron a encontrarse, y quedaron fijas así, en su inalterable felicidad; sonreían emulándose, vagamente, como si el habla no les bastara, por haber llegado los dos demasiado lejos. Y Maggie hubiera comenzado a preguntarse, al instante, si acaso, en estos últimos momentos, no les estaba reservado, como les ocurre a los viejos amigos que se reúnen demasiado a menudo, el que en su relación se produjeran lagunas de timidez.


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