La Copa Dorada

La Copa Dorada

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El coronel se reclinó cómodamente en el asiento, descansando un tobillo en la rodilla de la otra pierna, con la vista atentamente fija en la imagen de su pie, extremadamente esbelto, que meneaba constantemente, enfundado en fina seda negra y zapato de charol. Este miembro de su cuerpo parecía confesar que tenía conciencia de la disciplina militar, pues todo en él era tan pulido y perfecto, tan recto, ceñido y bien dispuesto, como un soldado en un desfile. Aquel pie llegaba incluso a decir, indirectamente, que si no se hallara en el estado en que se hallaba, alguien «le habría llevado» algo, como, por ejemplo, la prohibición de salir del cuartel o la retención de la paga. Bob Assingham se distinguía, de muy notable manera, por la esbeltez de su persona, una esbeltez que nada tenía que ver con la decadencia física y que quizá fue decretada por poderes superiores en vista a las necesidades de transportes y alojamiento, y que en realidad lindaba con lo anormal. Sus amigos sabían perfectamente que Bob Assingham «se cuidaba bien», pero a pesar de eso seguía escuálido y flaco, con cavidades faciales y abdominales de muy triste efecto, con la consecuente flacidez de las diversas prendas que vestía; todo esto, combinado con la afición a la telas de extraños colores claros y textura pajiza con cierto parecido a las esteras chinas, que provocaban curiosidad respecto a la fuente de suministro, inducía a pensar en largas estancias en las islas tropicales, en un omnipresente sillón de asiento de caña entretejida, en el cargo de gobernador colonial, ejercido en amplios porches. Su cabeza redonda y suave, con el especial matiz de su cabello blanco, parecía un macetero de plata puesto boca abajo. Sus pómulos y su erizado bigote eran dignos de Atila, el azote de Dios. Las cuencas de sus ojos eran profundas y tenebrosas, pero los ojos que en ellas se alojaban parecían azules florecillas cortadas esa misma mañana. Sabía todo lo que se puede conocer acerca de la vida, que, en su mayor parte, consideraba cuestión de carácter pecuniario. Su esposa le acusaba de carencia de reacciones morales o intelectivas, o, mejor dicho, de una total incapacidad para entrambas. El coronel Assingham ni siquiera llegaba a comprender el significado de las palabras de su esposa, lo cual carecía de toda importancia debido a que, a pesar de sus limitaciones, podía comportarse como un ser perfectamente sociable. Las penalidades de los hombres, sus lacras y deficiencias no le sorprendían ni le impresionaban; incluso cabía decir, lo cual quizá fue su única pérdida verdadera a lo largo de una vida de ahorro, que las escaseces le divertían. Sin horror, daba por sentadas las penalidades, las clasificaba según sus tipos y calculaba sus consecuencias y las oportunidades que ofrecían. Quizá en antiguos climas rigurosos, en viejas campañas de crueldad y licencia había tenido tales revelaciones y había conocido tales asombros que ya nada le quedaba por aprender. Sin embargo, era hombre totalmente satisfecho, a pesar de su afición a emplear términos subidos de tono en las discusiones domésticas. Y, cosa rarísima, su amabilidad parecía no guardar relación alguna con las experiencias de su pasado. Sabía enfrentarse perfectamente con las realidades, en la medida que le era necesario, sin acercarse a ellas.


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