La Copa Dorada
La Copa Dorada Tuvieron que transcurrir treinta segundos para que Maggie comprendiera que acababa de pronunciar una de las más felices frases de su vida. Ahora los dos daban la espalda a la calle, se apoyaban en la balaustrada, y desde donde se encontraban podÃan ver gran parte del salón, aunque no el lugar en que se hallaban Charlotte y el PrÃncipe. Maggie vio inmediatamente que su padre, por mucho que lo intentara, no podrÃa evitar que se le iluminaran los ojos. Ni siquiera lo evitó disimulando al sacar la pitillera y decir, antes que nada:
—¿Puedo fumar?
Maggie le infundió confianza diciéndole:
—¡Papá, querido!
Y, mientras su padre encendÃa una cerilla, ella pasó otro momento de nerviosismo que, sin embargo, en modo alguno permitió la indujera a las dudas y vacilaciones, sino que aprovechó para reiterar en voz más alta, en voz que bien podÃa llegar a los oÃdos de la pareja que se encontraba dentro:
—¡Papá, papá, Charlotte es grande!
Después de haber comenzado a fumar, el señor Verver miró a Maggie y dijo:
—Charlotte es grande.